Pecado en viernes santo

Escrito por el Lcdo. Rosalino Auz

Para esa época – de eso acá ha transcurrido más de un medio siglo-una de las festividades religiosas más apegadas al “sentir del buen cristiano”, era la Semana Santa. Los abuelos controlaban demasiado el comportamiento, especialmente de los niños y de los adolescentes. Había que asistir a los actos programados en la iglesia. Toda esa semana era de penitencia, de ayuno, de abstinencia, porque, de lo contrario, todo era pecado. No se podía bañar, porque el agua no estaba bendita y, si desobedecía, podía convertirse en “peje”. En toda la semana santa, no se podía hablar duro, peor jugar o reírse. No podía hacerse nada porque, de lo contrario, se lo ofendía al “taitico”; pero eso sí, había que ir al templo a escuchar el sermón de las tres horas. En realidad era un sermón que duraba ese tiempo: tres horas. Tres horas de estar incómodos en el templo abarrotado de gente, sin la ventilación suficiente; con la mayoría de “fieles” cabeceando, sudando y tantas otras cosas, porque antes de ir al sermón, ya se habían servido los doce platos, comida tradicional que ahora se llama fanesca. El sacerdote era “mejor” si arrancaba lágrimas y sollozos de los penitentes.

En aquella época, Rosendo era estudiante en la U.C. de Quito. Su sueño coincidía con el de sus padres y abuelos: “ser alguien en la vida”. No importa la soledad, los días sin comer bien, la ropa ya pasada de moda y la falta de los reales para tomarse una colita;, lo que importaba, era dedicarse a estudiar, convencido de que la profesión será la única herencia dejada por sus progenitores.

Como todo buen “paisano”, se había dedicado a conocer la ciudad; se había interesado en leer libros con historias y leyendas quiteñas; y, gracias a ello, se sentía más orgulloso de tener a Quito como la capital de su Ecuador. Si esto, por un lado le llenaba de complacencia, por otro lado le hacía sentirse medio raro: el ser ecuatoriano y no conocer el mar. No tenía una idea cabal de lo que aquello sería, si apenas conocía la piscina del “Puetate”, como espacio líquido para nadar. Cómo sería nadar en el mar?. Alguna vez, y de eso estaba seguro, alguna vez iría al mar, a ver cuánta agua.

Rosendo tenía un primo militar. No olvidemos que los carchenses, y más los tulcaneños, por ancestro tienen un espíritu combativo, guerrero, luchador. Si a Rosendo los “puendos” le decían “pastuso”, a él no le incomodaba, porque conocía que él era pastuso y que su ciudad natal no celebraba fechas de independencia, porque jamás conoció la “geometría de la rodilla doblada”. Siempre andaba con prosa, pero medio apenado porque no conocía el mar.

El primo militar de nuestro amigo, estaba desempeñándose como instructor allá en Puerto Bolívar, Provincia del Oro. Qué suerte para su primo el poder disfrutar de “la mar”.

Se aproximaba la Semana Santa. En los templos quiteños ya se comenzaba a preparar el ambiente, adornando los altares con velos violetas o negros. Ya los sermones hablaban de recogimiento, de arrepentimiento, de penitencia. A lo mejor Rosendo, de lo único que podía arrepentirse era de lo que no había hecho, porque hasta para pecar hay que tener plata. Rosendo no tenía nada; bueno, no nada, porque lo que siempre tenía era su bolsillo sin pañuelo y su calcetín remendado.

Bueno, nuestro amigo era un hombre sencillo, respetuoso, humilde y muy dedicado a sus estudios. Confiaba en que Dios no le abandonaba; y, por ello, pensó hasta en un milagro, cuando recibió una carta de su primo: se acercaba la Semana Mayor, tendría unos días de vacaciones y su familiar subteniente, le invitaba a Puerto Bolívar, a conocer el mar; y, de paso, a conocer lo que es la Costa y el gran puerto de Guayaquil. Su primo, como todo un militar pastuso, como todo buen infante que sabe aprovechar el terreno, le había hecho llegar el dinero para los pasajes y un croquis con los pormenores del viaje. Qué emoción: viajar, conocer otros lugares, si él , lo máximo que conocía hacia el sur, era la Villa Flora.

Esa noche, Rosendo no pudo dormir. Parece que hasta había soñado con el mar. Muy por la mañana se levantó y se dirigió a la plaza de Santo Domingo –esa plaza donde “trabajaban” las cariñosas, esas mujeres que sin conocerlo a uno, le dicen “mijo”- a comprar el boleto en la “Flota”. Las nueve horas de viaje se le hicieron cortas, porque le causaba tanta admiración el ir contemplando los paisajes del camino; el comprar golosinas en los lugares donde el bus se detenía; el armarle la “conversa” a la pasajera de al lado; y, sobre todo, el sentir un calorcito húmedo en todo el cuerpo, propio del ambiente de la costa.

Por fin llegó a Guayaquil. Qué “pueblo tan grande”. Qué inmensa la ría –nada que ver con su río Bobo, y peor con el Chana-. Le ponía medio intranquilo el no contemplar todavía el mar.

Ese mismo día, guiándose en la carta de su primo, fue a comprar el boleto para trasladarse a Puerto Bolívar. Al otro día, muy tempranito, estuvo en el malecón para abordar el yate Santa Rosita. Le parecía un sueño: viajar en un barco pequeñito, pero con todos los detalles que él había mirado tantas veces en la revista “peneca”. Qué emoción, si hasta había el capitán – con su gorra, su camiseta a rayas- manipulando el timón. Su imaginación le transportaba a los cuentos de piratas, corsarios y filibusteros.

Tuvo que sacar su pañuelo para refregarse los ojos: ahí, al frente, estaba el mar. La ría desembocaba en esa inmensidad de agua, con reflejos impresionantes del sol; con olas enormes, cubiertas con blanquísima espuma y con sonidos confundidos con el graznar de pájaros marinos. Qué maravilla: muchos de esos pájaros enormes, se lanzaban en picada sobre el agua y salían llevando en su pico, pececitos que movían su cola. Rosendo pensaba: será que se despiden o será que quieren librarse del pico de aquellas aves.

Eran las cuatro de la tarde. El yate con su pito, largo y estruendoso, hizo dúo con el ruido de las olas al chocarse con el muro de puerto. Ahí estaba Puerto Bolívar. Mucha gente en el muelle esperaba a los viajeros. A nuestro viajero le causó extrañeza el no ver a su primo entre la gente; sin embargo, al bajar con su maletita, un soldado se le acercó y le saludó por su nombre. Cómo ese militar le había reconocido?. Muy fácil: su primo, el oficial, le había ordenado al soldado, que fuera a esperarlo; y, para reconocerlo, le había dado una fotografía. Bueno, por algo hay militares que son “infantes”.

Después de los saludos muy cordiales con su primo, y luego de una deliciosa merienda, Rosendo se fue a descansar, no sin antes haberse frotado caladril en los cachetes, porque estaban “morados” por el sol de toda la travesía en el “Santa Rosita”.

Al día siguiente, miércoles santo, Rosendo –después de coger su jabón de rosas- se fue al muelle; es que quería bañarse en el mar –no importa que el agua no esté bendita y que, a lo mejor, se convierta en “peje”-. Se desvistió, se colocó su pantalón de baño “tarzanero” y, como hacía en el vado ancho, se lanzó. Lo primero que hizo al caer , fue tomarse un bocado para comprobar si en verdad el agua del mar era salada. Medio atorado con el líquido salobre, dio la razón a sus profesores, cuando le hablaban de la salinidad del océano.

El ”pastusito”, hecha ya su primera comprobación, salió del agua y se jabonó para completar su baño. Qué raro: el jabón no hacía espuma. Un par de ancianos que, en un corredor de una casita del malecón jugaban a las cartas, no paraban de reírse mirando al bañista que se fregaba y no le hacía espuma; se cortaba el jabón de rosas. Asimismo será , o es que eso pasa por bañarse en día santo, pensaba.

El Jueves Santo, nuestro viajero pasó por otro “mal rato”: en el casino de oficiales, a la hora del almuerzo, en medio de todos los oficiales de esa plaza, le sirvieron un segundo consistente en una tabla con dos “tarántulas”, pero bien grandes y medio coloradas. Junto a esos animales, estaba un martillo de madera y un plato con tostado y chifles de plátano. Poco le faltó a Rosendo para salir corriendo. Nunca en su vida había visto eso y peor que los compañeros de mesa le insinuaran a que se los sirva. En medio de risas y bromas de los milicos, le “enseñaron” la manera de cómo disfrutar de los cangrejos, un plato exquisito de la gastronomía costeña.

Según los mayores, y sobre todo su abuelita, el día más sagrado de la Semana Santa, era el viernes. Ni siquiera se podía pisar duro al caminar.

Justo ese día, el viernes, en Santa Rosa había una fiesta. Todos los oficiales tenían que asistir; y, Rosendo, haciéndose pasar por subteniente, también debía concurrir al baile. En Santa Rosa, en un salón elegantísimo, estaba el escenario donde afinaban sus instrumentos los integrantes de una orquesta buenísima. El cantante, un solista vestido al estilo de Pérez Prado, era el centro del espectáculo. Comenzó la fiesta. Las “monas”, unas maestras para el baile. Los militares, como buenos “infantes”, aprovechaban el terreno. El licor y los cigarrillos completaban el ambiente. Qué hermosura de fiesta…… Y lo que era viernes santo?

Al otro día, sábado de gloria, medio “maluco” por las copas de la noche anterior, el paisanito y su primo se fueron a descansar a la arena de la playa de Bajoalto. Ni siquiera la maravilla de ese sol, allá en el horizonte, entre nubes y gaviotas, ni la arena blanca tapizada con corales y conchas, podían quitarle ese remordimiento de conciencia: había pecado en tierra ajena y en pleno viernes santo. Se lo bailó al “taitico”. Será que el padre Basilio le perdonará ese pecado en viernes santo?

60 meses

Estoy escribiendo este post con algo de retraso, hace 4 días cumplimos con Joy, mi esposa, 5 años de casados.

Estamos saliendo de lo que posiblemente ha sido el año más duro de nuestro matrimonio hasta ahora, las cosas han sido duras pero lo bueno también se ha hecho presente y la vida nos ha regalado algunos guiños y una que otra sonrisa.

Nuestro hijo Joaquín nos vino a dar una vuelta completa a nuestras vidas, más que una vuelta completa nos lanzó contra las cuerdas, nos hizo una “doble Nelson”, luego nos dio una patada voladora, nos lanzó fuera del cuadrilátero y nos partió un par de sillas en la espalda… pero ya nos estamos recuperando, es más; ahora no solo que somos compañeros de lucha de Joaquín sino que vendríamos a ser como sus managers.

No importan los años que pasen ni la edad que tenga, cada vez que caigo en cuenta que soy un adulto con responsabilidades de “grande”,  con esposa, con hijo, con casa, con hipoteca, con servicios básicos a mi nombre, con declaraciones (atrasadas) al fisco, etc, cada vez me doy cuenta que no me siento ese “adulto responsable” y no sé si eso será bueno o malo. Posiblemente Joy y yo todavía no hemos acabado de formarnos ni de crecer y ya somos responsables de la formación y crecimiento de otro ser humano, es increíble.

Pero es más increíble como las sonrisas de nuestro hijo, sus travesuras, sus pequeños pero a la vez gigantes descubrimientos, sus intentos de nuevas palabras, su cariño puro, su inocencia, su vitalidad y su energía van más allá de cualquier dificultad que podamos tener y se vuelven en el combustible que nos permite seguir caminando y creciendo juntos, en familia.

Por cuestiones de (falta de) presupuesto no podemos contratar a alguien que nos ayude con las cosas de la casa o con el Joaquín y por ocupaciones, tiempo y distancias tampoco tenemos la suerte de tener mamás, suegras, hermanas o abuelas que puedan ayudarnos con la carga doméstica o de crianza y cuidado de nuestro hijo. Esto creo que es lo que nos ha complicado un poco, aunque también habría que sumarle todo el tiempo que tuve que dedicarle al trabajo el año pasado, tiempo que originalmente estaba destinado para mi familia, pero gracias a la tenacidad, paciencia, multitarea y capacidad de organización de mi esposa lo estamos logrando, gracias a ella nuestra casa es nuestro hogar, gracias a ella nuestra familia está empezando a sentar cimientos fuertes y raíces robustas.

Por eso quiero agradecerle a la Joy todo lo que ha hecho por nosotros, por su paciencia, por su cariño, por su fortaleza, por su liderazgo, por su amor.

Estamos retomando (lentamente) la vida para nosotros, como pareja y como individuos, retomar ese tiempo que es necesarios que tengamos, ese espacio individual y de “solo los dos” que también es importante. Han sido 5 años maravillosos, como la vida, llenos de alegrías y penas, de tranquilidad y de momentos difíciles, de paz y de desequilibrio, pero en cada uno de esos momentos siempre ha habido un factor común: el amor, ese amor que es el que permite que enfrentemos a la vida juntos.

Gracias Joy! te quiero, te quiero mucho.