Al fin la habíamos recibido y junto con la emoción y la alegría de tener casa propia también nos asaltaron algunas preocupaciones adicionales a los pagos mensuales de la hipoteca. Una de esas preocupaciones era la seguridad.

Aunque la casa estuviera en un conjunto residencial no había mayor garantía de estar seguros y protegidos de los ladrones. No había un guardia como tal, solo un conserje que terminaba su turno a las 8 de la noche y del cual muchos vecinos sospechaban porque en el último mes y medio ya habían habido 3 robos dentro del conjunto, coincidencialmente desde que el nuevo conserje había llegado.

Esa noche pasó el cuarto robo, nuestro perro y los perros de la vecina sintieron a los ladrones, mi esposa y yo nos levantamos y miramos por todas las ventanas, no logramos observar nada. A la mañana siguiente la noticia del nuevo robo en las dos casas siguientes a la nuestra alarmó a la vecindad.

Me pregunté por qué robaron esas casas y no la nuestra y me supuse que posiblemente, con complicidad del conserje, los ladrones sabían que en esas casas habían mujeres solas porque sus esposos trabajan en petroleras en el oriente y no estaban en la ciudad. Mi esposa tenía otra teoría: no nos robaron porque nosotros como protección teníamos alrededor de nuestro jardín sembradas plantas que hace algunos días habíamos ido a sacar del cementerio.

Yo sabía que una de las costumbres para “proteger” una vivienda era tener algún resto humano (huesos, cráneo, etc) en la casa pero con mi esposa me vine a enterar lo de las flores de cementerio.

Algunos años después dejamos la casa sola varios días para irnos a un paseo familiar y poco antes de regresar recibimos una llamada de nuestra vecina en la que alarmada nos contaba que había acabado de escuchar fuertes ruidos, como de pelea, en nuestra casa pero que ya habían calmado y que no se veía nada raro. Volvimos inmediatamente y encontramos dos cosas que nos parecieron raras: una huella de bota en una de las paredes del jardín trasero, como si alguien eludiendo el cerco eléctrico hubiese trepado a la pared y bajado a nuestro jardín y algo de tierra en la pequeña vereda junto a algunas de las plantas. Esto último nos pareció raro porque habíamos dejado limpia esa vereda luego de haber cortado el jardín horas antes de salir a nuestro viaje.

Pasó el tiempo y un fin de semana un amigo nos encargó a su pastor alemán para que lo cuidáramos mientras él salía fuera de la ciudad. En la primera noche de su estadía se dedicó a cavar en nuestro jardín trasero y en la mañana nos encontramos con el pastor alemán mordiendo lo que parecía ser un fémur junto al hueco que había cavado en el centro del jardín.

Al acercarme verifiqué que efectivamente se trataba de un hueso humano y pude ver sobresaliendo de entre la tierra un cráneo. Me armé con la pala y agrandé el agujero, mi esposa bajó y sin exaltarse ni asustarse demasiado por el inusual encuentro en el jardín también me ayudó.

En los restos de las ropas encontramos una billetera que, entre algunas cosas, tenía una cédula de identidad que seguramente pertenecía al huesudo huésped que el perro había descubierto.

De acuerdo a la fecha de emisión de la cédula el cuerpo llegó ahí cuando nosotros ya estábamos viviendo en nuestra casa. Nos miramos con mi esposa y sin pronunciar palabra nos pusimos de acuerdo y sabíamos lo que teníamos que hacer.

Le quitamos el fémur al perro, volvimos a cubrir con tierra la osamenta, tapamos completamente el hueco y con otra mirada nos pusimos de acuerdo en no contarle nada de esto a nadie.

Ahora teníamos doble protección: las flores de cementerio y los restos humanos.

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