Dos años: crónica de un mandarido amateur

Hace dos años (un 29 de marzo) dejé la soltería y de ser el típico soltero machista y “servido”, con una nula capacidad de ahorro e inexistentes habilidades para administrar un familia pasé a ser “el rey del hogar” que empezábamos a formar.

Endeudado, poco tolerante, impaciente y cabreado, así empecé esta vorágine llamada matrimonio. Joy, mi esposa, tuvo la valentía de dejar su tierra y venir conmigo a vivir al páramo, 240 Km al norte del hogar que la había cobijado hasta entonces. Aguantó y se acostumbró a todas las limitaciones que implica vivir en una ciudad pequeña de provincia, sin centros comerciales, sin supermercados, sin cines y sin mayor variedad de lugares para divertirse. Pero ella es una mujer que prefiere el calor, fisiológicamente trabaja y funciona mejor a temperaturas que ella considera agradables por lo que el único y gran problema que se le presentó acá fue el clima: definitivamente no terminará de acostumbrarse al frío casi permanente y característico de esta tierra del olvido.

Pero es mujer y eso la hace fuerte y esa fortaleza propia de guerrera venusina también hizo que mi condición de marido cambie al poquísimo tiempo a la de mandarido (marido + mandarina).

Y no lo digo con pena o con vergüenza, porque así mismo debe ser. Soy vago y la mejor herramienta para un vago es: delegar. Así que no hay que complicarse tratando de administrar el hogar, simplemente se delega la labor a la esposa y así uno se evita un montón de preocupaciones y trabajo extra sobretodo. Claro, eso vendrá con un precio pero si uno es maleable y no se complica en adaptarse a hábitos, costumbres, procedimientos y reglas que en el fondo no chocan con las nuestras propias y al final son más prácticas o decentes, entonces ese precio no es alto y uno lo paga con gusto.

El primer mes al recibir el sueldo y luego de pagar pendientes y deudas nos quedamos con 10 dólares, y eso por unos 20 que nos regaló la abuelita de Joy. Pobre Joy, no podía con la rabia, la impotencia y la preocupación por saber cómo nos la íbamos a arreglar con un billete de 10 dólares, ella tenía sus ahorros, sí, pero no los podía gastar, no los quería gastar en algo que aunque aparentaba ser una emergencia se suponía que era responsabilidad mía. Es parte de su política ahorrativa que aunque parezca muy rígida al final nos ha resultado muy buena.

¿Cómo nos salvamos de esa? Con un milagro, un milagro que se llama papás. Mis papás prácticamente nos dieron de comer el primer o los dos primeros meses, el rato menos pensado pasaban dejándonos algunos víveres y algunas compras del mercado además de que llegamos al acuerdo (que hasta hoy lo cumplimos con muchísimo gusto) de ir a comer a su casa todos los miércoles.

Salvando los escollos iniciales, siguiendo las “reglas” impuestas por la administradora del hogar y aprendiendo a ser menos servido, cabreado e impaciente poco a poco hemos ido avanzando. Todavía no tenemos sala y en nuestro caso la sala-comedor es literalmente eso: una sala con una mesa de comedor, si llegan visitan pues deben sentarse en las sillas del comedor, no queda de otra. No tenemos muebles de sala pero ya nos hemos ido armando de otras cosas que uno como hombre jamás ni siquiera hubiera pensado en comprar porque ya las daba por hecho, otra razón más para no meterse de administrador del hogar.

¿Tanto por un colchón?, ¿con sólo ese sartén no se podrá cocinar todo?, yo pensaba que el detergente, jabón, trapeadores y lavaplatos corrían por parte del estado… son algunas de las frases que uno ingenuamente como hombre las dice cuando acompaña a la esposa a comprar cosas para la casa.

Tengo tantas cosas que les puedo contar sobre como la hemos pasado estos dos primeros años de matrimonio pero ya les dije: soy vago. Así que en resumen podría decir que el matrimonio es un mal necesario, es como el trabajo que en definitiva es bueno, “el trabajo dignifica”, pero que a muchos no les guste ya no es culpa del trabajo, puede ser causa de sus limitaciones o de la falta de oportunidades, pero el trabajo no es el malo. Lo mismo pasa con el matrimonio, ya es cuestión de uno el acoplarse y pasarla bien, o de cagarla si te casas por haber metido la pata (la tercera) o hecho el enamorado y con la rosa idea de que “sin ella no puedo vivir”.

Considero que hay dos aspectos fundamentales para convivir sin llegar a matarse ni aburrirse: ceder y reír. No obstinarse por falso orgullo en decisiones ínfimas y pendejas, hay que saber ceder. Y reír, es lo mejor, nunca perder la espontaneidad y capacidad de hacerse reír mutuamente.

Sé que apenas llevamos dos años, muchos dicen que todavía estamos en la luna de miel y posiblemente así sea pero estoy seguro que esto va para largo y agradezco a la vida por las oportunidades que nos dio para que nuestras vidas se encontraran. Definitivamente estoy con la mejor compañera de vida que pude encontrar.

¡Felices dos años, Joy!

Joy y Fabián

Centro Histórico de Quito, agosto 2009. Fotografía cortesía de Chaulafanita

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