Estábamos en Coco del Mar, no mostraba todavia la espectacularidad superflua  que tiene hoy pero ya se perfilaba como uno de los sectores más exclusivos de Ciudad de Panamá. La casa del Colorado Emaldi, el hijo del embajador argentino, era aquella vez el punto de reunión de aquel grupo multicolor de niños bien de los más variados puntos de Latinoamérica, entre ellos yo como el único ecuatoriano.

Luego de algunos cubas libres, cortesía del bar del señor embajador, y algunos porros de material de calidad gracias a los contactos del Colorado con “importadores” de la vecina república de Colombia salimos hacia la siguiente parada: la Cabañita de Chuy, un sencillo restaurante en el que se podía encontrar los mejores platos del mar a los mejores precios en la dolarizada Ciudad de Panamá. Mientras esperábamos que Chuy, el mexicano que encontró en Panamá a lo que él llamaba su verdadero hogar y el paraíso con las mejores mujeres y que personalmente atendía el local, llegue con nuestro pedido comentábamos sobre la captura y muerte de Pablo Escobar Gaviria un par de meses atrás. Brindamos con nuestras cervezas por el ya legendario capo del narcotráfico mientras Garzón, uno de los colombianos del grupo, aseguraba que pronto alguien exhumaría los restos para verificar si en verdad es Escobar quien estaba enterrado. Su profecía de la exhumación apenas se cumpliría doce años más tarde.

Con toda el hambre producida por no haber desayunado al haberme levantado casi al mediodía, el ron, la marihuana y no haber probado bocado hasta las 5 de la tarde, devoré el plato de arroz con camarones que había pedido. Luego de una ronda más de cervezas salimos hacia el destino que marcamos para finalizar otro sábado más de derroche y perdición: el Moulin Rouge (no sé si es idea mía pero el 70% de países deben tener un night club con ese nombre). Era temprano pero era un sábado especial en el Moulin así que el timing era perfecto. La “noche de novatas” nos estaba esperando desde antes que empiece la noche en el exclusivo club para caballeros.

Al momento de entrar al antro dejábamos de ser un pelotón unido y de trabajo en conjunto, cada uno pedía cuentas por separado y empezaba su misión individual de conquista cabaretera, el objetivo era demostrarles a nuestros pares quién podía ganar esa batalla saliendo con el mejor botín de guerra; la mejor chica del lugar, el mayor número de chicas, conseguir llevarse a una o varias de las chicas sin pagar nada, en fin, las categorías en las que se podía aplicar eran variadas.

No me interesaba mucho levantarme con el mejor trofeo esa noche, además el Colorado Emaldi casi siempre nos ganaba, así que opté por relajarme, aplicar mis tácticas sin esforzarme demasiado y dejar que la noche, el humo, el alcohol, las mujeres y la música me lleven donde tengan que llevarme.

Lina fue la escogida, o yo fui su víctima tal vez es lo que debería decir. Al notar que era colombiana le canté un par de líneas de “Matilde Lina” que para ese entonces había popularizado Carlos Vives. La muchacha reconoció la canción y agradeció el gesto, también pidió media botella de ron con “soda” que solicitó al mesero agregue a mi cuenta sin habérmelo consultado.

Media botella más de ron después ya me encontraba cerrando en caja mi abultada cuenta y Lina bajaba a mi encuentro con un abrigo y su cartera. Ese fin de semana mis papás y hermana habían ido a pasar, junto con otros agregados militares de varios países, en la casa de campo del sub secretario de relaciones internacionales de Panamá. Yo esquivé la invitación aduciendo que tenía una cita con mi novia, la hija del cónsul de Guatemala, con quien habíamos llegado a un arreglo de simular nuestro noviazgo para cubrir nuestras espaldas. Éramos demasiado parecidos que una verdadera relación entre los dos no habría funcionado, pero en las condiciones en que la manteníamos era perfecta para nuestro planes individuales.

Con la casa sola decidí llevar a Lina hacia allá para ahorrarme lo del hotel y más bien invertir eso en comprar algunos gramos de diosa blanca para rematar la noche como se debía. Además esta era otra técnica aprendida en los años de haber vivido de país en país acompañando a mi papá en sus servicios diplomáticos y de haber conocido a muchos en mi misma condición pero con más y mejores mañas. Si vas a armar la fiesta en casa de tus padres no debes fumar marihuana, el olor es escandaloso y luego de una noche de juerga la resaca iba a impedir que puedas desaparecer el rastro dejado por su característico aroma, escoge cocaína y podrás salvarte sin que sospechen ya que es más fácil limpiar su evidencia.

Luego de dos líneas de coca no me importó respetar la habitación de mi hermana y la convertimos en una arena romana. Sentí que sudaba como nunca en mi vida, las sábanas se pegaban a mi cuerpo. La coca, Lina, la luz tenue, la música que habíamos colocado, todo me transportó a otro mundo hasta que quedé dormido cubierto en sudor.

Abrí los ojos y escuché ruidos en la planta baja, posiblemente dormimos demasiado y mis papás habían llegado. No me equivoqué, me levanté de la cama llevándome sin querer las sábanas y dejando el cuerpo desnudo de Lina visible cuando me di cuenta que mi madre llegaba a la puerta del cuarto de mi hermana, puerta que nunca cerramos.

¡Horror! eso fue lo que sentí. Imaginé los próximos años de mi vida, destinado a pasar mis estudios en academias militares y sin mesada como castigo por haberles hecho ver que su hijo no era el héroe ni esa imagen de modelo a seguir que tanto me había costado formarme ante ellos para poder ejercer mi verdadera y depravada personalidad sin que ellos se preocupen ni enteren, ya saben la aplicación práctica del “aprende a decir siempre la verdad para que te crean cuando estás mintiendo”.

La voz cariñosa y calmada de mi mamá me desconcertó, en un parpadeo estaba ahora en mi cama, bañado en sudor, con un suero en mi brazo y mi mamá pidiéndome que me incorpore para tomar una pastilla.

El arroz con camarones me había provocado una intoxicación extrema, mis papás nunca fueron a ninguna parte ese fin de semana para quedarse cuidándome, yo nunca conocí a Lina y me salvé de haber expuesto mi reputación… aquella ocasión.

11 comentarios sobre “Fiebre de sábado por la noche

  1. Por que omitiste la parte del mesero negro que te sirvio el arroz con camarones, despues de todo el pudo haber sido tu Lina jajajajajajaj.

    Muy buena viejo, casi como la del conejo grande.

    Slds

  2. Muy buena observación don Garullas. Y tienes razón, no hay Moulin Rouge en Panamá, pero si había. Estamos hablando de mediados de los 90s 🙂

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