Para mí tener suerte con las mujeres era evitar que choquen conmigo en una acera. Si en el bus alguna salía con un “por favor ¿tiene la hora?”, eso ya lo consideraba un encuentro cercano.
Luego cambiaron las cosas, en realidad no cambiaron tanto. A pesar de que podía acercarme a aquellos seres de Venus y conseguía su atención y empatía inicial, terminaba siempre aburriéndolas o aburriéndome por la incompatibilidad en gustos y temas comunes. Nunca pude disimular o mantener una fachada que se acople a los gustos o necesidades de la damisela en turno.
Pero en algún momento llegamos a nuestro punto de equilibrio, a esas posiciones que marcan un antes y un después, un “small bang”. Yo llegué ahí cuando conocí a Francisca.
Aunque era bonita, alta, delgada y de pelo negro largo, habían chicas más bonitas, atractivas y luminosas esa noche en la casa del “Chiquito”, así que no fue de las primeras que captó mi atención. Luego del segundo intento errado de ligar di con ella. No pude conquistarla, me conquistó.
La conversación se desarrollaba extrañamente normal, teníamos gustos comunes. Había ido a ver el episodio IV de Star Wars cuando se lanzó la edición especial por el aniversario 20 y quedamos casi de acuerdo en que pudimos haber estado incluso en la misma función; tenía ella ya una cuenta de email, algo que ni siquiera muchos de mis amigos y conocidos de la universidad estaban interesados en averiguar o tener; sentía una gran pasión por toda la onda del entonces invento nuevo llamado internet; le gustaba Pulp Fiction y para vivir prefería un pueblo pequeño a una gran ciudad. Y así me cautivó con cada uno de los detalles triviales que me contaba en ráfaga mientras yo sincera y atentamente escuchaba.
Empecé a sentir una gran atracción por ella, a pesar que hablaba de asuntos normales, su lenguaje corporal decía algo más. Sus ojos, sus cejas, sus labios, su lengua, sus manos, sus gestos y la mímica para realzar su conversación, todo me encantaba y me hipnotizaba. Me encantó tanto que me asusté.
Sabía que algo no estaba bien en ella. Era perfecta pero estaba seguro que las cosas no cuadraban como parecía. Las dos mujeres con las que anteriormente estuve involucrado sentimentalmente terminaron siendo una esquizofrénica que salvé del suicidio (sólo la primera vez) y una gótica camuflada que casi me arranca la piel de mi espalda con sus uñas cuando no reaccioné como ella esperaba al enterarme que hacía misas negras y aprendía vudú. No podía tener suerte esta vez, la veía muy difícil, todo era demasiado color de rosa.
Empezamos a salir, nos conocimos, nos complementamos, nos enamoramos y nos casamos sin terminar la universidad. Monté mi taller de reparación de computadoras y ella empezó su pequeña empresa de cattering.
Ella tenía uno de sus viajes fuera de la ciudad para atender un evento así que aproveché y acepté la invitación de mis ex compañeros de la universidad para asistir al cumpleaños del Perroso. Terminábamos la noche fuera de la casa de uno de los primos del cumpleañero, a media cuadra del cementerio, cuando me alejé del grupo para ir a orinar y me pareció ver estacionado el carro de mi esposa. Cuando vi el adhesivo del cattering lo confirmé y me acerqué. Me encontré con ella subiendo una bolsa negra, de esas de basura, en la parte de atrás de la pequeña camioneta cubierta.
Lo primero que me vino a la mente fue el engaño, la infidelidad. Le reclamé, ella intentaba calmarme y explicarme, forcejeamos y la funda cayó al suelo. No estaba cerrada, cuando tocó el piso pude verlo, era un pezón de hombre. Al parecer un tercio de un torso humano estaba en la bolsa.
Me desperté al día siguiente en la tarde. Me lo explicó todo, era una antropófaga, una caníbal, no podía controlar su necesidad de comer carne humana. Había empezado muy pequeña con animales, perros, gatos, incluso un caballo que murió en la hacienda de su abuelo, pero nunca pudo calmar su necesidad, su sangre pedía sangre, su carne pedía carne. A los 17 saciaba por primera vez su hambre y arrancaba su adicción.
En ese momento confirmé mis sospechas iniciales de que algo andaba mal con esa mujer. Estaba casado con una adicta a la carne humana y ahora tenía que pensar en el próximo paso y dirección que debía tomar. Pero primero pasé media hora vomitando en el baño recordando el jugoso, grande y suculento bistec que Francisca había preparado la semana pasada.
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