#Cuentos Misc.

La paga del terror

Siempre fue hábil con sus manos, conseguir trabajo de ayudante de zapatero no le costó mayor esfuerzo. Prefirió quedarse en Quito haciendo sueltos antes que regresarse a su pueblo, se desanimó al pensar en el incómodo viaje de 10 horas soportando el polvo y los baches del camino en un destartalado vehículo de pasajeros. Además la carita de Dios se había ganado su cariño, amaba a esa ciudad. Ese amor y esa admiración por la capital sumados al largo viaje que debía hacer si quería ir a su tierra fueron motivos suficientes para permanecer alejado de los suyos mientras duraba el paro de la Universidad Central, total ya estaba acostumbrado a ver a sus padres tres veces en el año.

A mediados de los sesenta Quito todavía era una ciudad pequeña, el hoy llamado Centro Histórico era ‘”el centro’” a secas y, como su nombre lo indicaba, era el centro de todo: tiendas, mercados, teatros, cines, colegios, dependencias públicas, parques, iglesias, todo quedaba en el centro. No era, como hoy, un lugar meramente turístico y comercial, era el corazón de la ciudad.

Su horario y sus actividades diarias cambiaron, ya no tenía que asistir a clases en la universidad o ganarse algunos reales transcribiendo en máquina de escribir los trabajos de sus compañeros para sobrellevar, de alguna manera, su penosa situación económica. Ahora debía regirse al horario de la zapatería para pegar medias suelas -su especialidad-, pero los horarios de los repasos con su grupo musical -que también le permitían algunos ingresos porque cobraban por tocar en fiestas- y para ir al cine no cambiaron.

Siempre le gustó ir al cine, desde épocas del colegio cuando todavía vivía en su tierra, casi siempre iba a galería. Las películas de los años de oro del cine mexicano y las aventuras de piratas y pistoleros eran de su predilección.

Eran los tiempos en que se mostraban dos películas seguidas en las proyecciones de cine, llegó tarde a la primera película y no había oportunidad de verla otra vez porque era la última función del día. Con la medianoche ya cerca y con un frío soportable caminaba por las calles del centro regresando a la casa de su tío en donde alquilaba un cuarto, silbaba y a ratos cantaba bajito un bolero de moda. Su melodía y uno que otro ladridos eran los únicos ruidos que atravesaban el silencio de esa hermosa y oscura noche quiteña. Se sentía raro, extraño, como más pesado y tenía la sensación de haber olvidado algo.

Se agachó para sujetarse los cordones, luego siguió nuevamente su camino hasta que -de golpe- dejó de silbar y se detuvo. Volteó su cabeza y confirmó que no había nadie, emprendió nuevamente su marcha pero pocos pasos después se detuvo otra vez, estaba seguro que había escuchado algo. No había nadie, ya no había ni un ruido, ahora ni siquiera los perros lanzaban sus ladridos.

Todo era silencio, emprendió su andar y el silencio se rompió con sonidos metálicos que él los percibía muy cerca. Se paró en seco, recorrió todo su alrededor con la mirada pero no veía a nadie, tampoco escuchaba nada. Retomó su caminar, esta vez con paso más presuroso y volvió a escuchar -esta vez más fuerte- el mismo sonido.

Parado en el medio de la calle no se atrevía a hacer ningún movimiento mientras la primera imagen que llegaba a su cabeza era la del “perro de la otra vida”. Un enorme perro negro que “chispeaba” fuego por sus ojos y boca y que arrastraba consigo una gran cadena. Escuchar el golpe de la cadena contra el suelo era la antesala de su ataque según le habían contado muchas veces su abuelo, su padre y sus tíos. Pero no era un ataque cualquiera, no eran solo mordidas, si atacaba no había forma de escapar y el próximo destino de su alma sería el infierno. Al parecer los canes eran los animales preferidos de Hades ya que Cancerbero -el guardián de las puertas del averno- es un perro también.

No tuvo el valor para voltear su mirada, sudaba frío, a pesar de que los ruidos habían cesado estaba seguro que en cualquier momento el perro de la otra vida se lanzaría contra él. No estaba seguro si su cuerpo respondería, estaba paralizado por el miedo, pero al fin se decidió y emprendió carrera fuera de ahí, apenas empezó a correr volvió a escuchar los ruidos de la cadena, el miedo era tanto que seguramente sudaba adrenalina.

Por sus labios ya no salían silbidos sino fuertes exhalaciones, corría muy rápido pero no se alejaba del ruido, sentía que le venía pisando los talones. Aumentó su velocidad lo que más pudo pues ya faltaba poco para llegar, las cadenas sonaban más fuerte y seguían muy cerca suyo. Cuando divisó la puerta de su casa metió la mano en el bolsillo en busca de las llaves. Poco a poco fue disminuyendo su velocidad hasta que se detuvo por completo poco antes de estar al frente de su puerta.

No sabía si reírse o enojarse con él mismo; apenas ahora recordaba que le habían pagado en la zapatería por las medias suelas y que tenía el bolsillo lleno con las monedas de la paga.

Abrió la puerta y subió hacia su cuarto, recriminándose por no haber recordado comprar el pan para su modesto desayuno, mientras silbaba la melodía de una ranchera que se opacaba con el sonido metálico de las monedas golpeándose entre sí cada vez que daba un paso para subir una grada.

* Publicado originalmente bajo el pseudónimo de George Talbot y con el título de “Miedo en el centro” en Sin Imprenta el 28 de septiembre del 2004

11 thoughts on “La paga del terror”

  1. El otro día luego de la borrachera, también pensé encontrarme con ese fatídico animal llamado “perro de la otra vida”… —¡Baco! ¿dondé estás cuando te necesito?—pense— al instante en que la voz de la vecina decía: Fifí! fifí! métase a la casa, que no es hora para salir…
    Lo que me quedó es: ¿qué tarado mental le pone Fifí a un rottweiler de un metro?… pues mi vecina y a más de eso, le deja pasear por las noches…

  2. De que me sirve saber que el man tiene una banda (incluso presume que en este país le pagan por ello) y que le gusta el cine mexicano. ¿hay perros diabólicos en alguna de estas películas? ¿La banda del man se llamaba chuletas?

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