Estoy seguro que muchos de ustedes, queridos visitantes, han escuchado del término “sal quiteña”, especialmente si viven en este país medio mundista (estamos en el medio del mundo ¿cierto?). Y es que dicen que los quiteños tienen esa “sal”, esa picardía que los hace diferentes y que muchos admiran. Talvez sean buenos para contar cachos (sobretodo si el protagonista es un “pastusito”), pero de ahí a que su sentido del humor sea especial, o que realmente tengan esa sal de la que tanto “sacan pecho”, no lo creo.
Viví muchos años en Quito y nunca me encontré con alguien de esas tierras que me haga creer que lo de la “sal quiteña” realmente existe. Siempre me pareció que el humor pastuso estaba muy por encima de la fama humorística de los capitalinos. Obviamente durante mis años universitarios tuve que soportar los típicos cachos de pastusos, incluso por parte de algunos profesores. Aunque los chistes del “Pato Vallejo” (el profe de Física, muy buen profesor, muy buena gente) no eran para hacernos quedar mal a los pastusitos de su clase o algo por el estilo, más bien los contaba como una muestra del aprecio que sentía por estos lares norteños. Manera no muy ortodoxa de demostrar aprecio, pero parece que eso del “cariño pastuso” (manera tosca y burda de demostrar cariño) se le había pegado en sus cortos viajes a tierras altas.
A los highlanders, además de pastusos, también nos conocen como caballos. Es así que nunca faltaba el típico quiteño que quería saber el por qué de esa manera de llamarnos.
- Ve, Phantomff ¿Por qué les dicen caballos a ustedes los pastusos?
- Originalmente nos llamaban burros, pero el por qué resultaba demasiado obvio.
- ¿eh? ¿uh?
- ¿Sabes por qué a las quiteñas les dicen carretas?
- No, ¿por qué?
- Porque se dejan tirar por caballos. Topamos pana, nos vemos.
- ¿eh? ¿uh?
Claro, no soy el único pastuso que tengo ese punto de vista sobre la sal quiteña, para muestra otro botón, la opinión de mi coterráneo “el que ya saben” (no, no es que ustedes ya saben quien es, lo que pasa es que ese es su nickname) no difiere mucho de la mía. Citándolo:
“…pero desde ese instante se me quedó la careta de este medio orangután como el arquetipo de algo que tengo que soportar casi a diario en mi escasa vida social en la ciudad capital, lo que aquí a algunos les da por denominar la Sal Quiteña que en lenguaje para legos se traduce como Los chistes mas sangrones del mundo que para poder mezclarse entre los capitalinos hay que saber aguantar con el siguiente truco: aprietas bien los dientes (esto es para que tus jugos intestinales no salgan disparados pues después del chiste comenzarán a bullir como lava del Krakatoa) pones la sonrisa de puerco hornado mas falsa que te salga, haces un sonido como de perro con asma para que crean que es una risa, y ya unos 10 o 20 segundos después pasaste la prueba de fuego de escuchar el fabuloso sentido del humor de algunos capitalinos, y tu círculo de amigos, intacto.”
Y mis sospechas de que la famosa “sal quiteña” no existe se confirmaron cuando el propio Carlos Michelena lo dijo. En La Kombi lo entrevistaron y le preguntaron algo así como “¿qué se siente ser el mayor representante de la sal quiteña en el Ecuador?” a lo que don Carlos les respondió que el no tiene sal quiteña, es más, ni siquiera es quiteño (no me acuerdo de donde dijo que era) y que (aquí viene lo principal) el cree que los pastusos tienen más sal que los quiteños.
Estimados amigos quiteños, despierten; la sal quiteña no existe, es un mito, una leyenda urbana, una fantasía. Ni siquiera el famoso “Don Evaristo” es de Quito, él nació en Ambato.
No me entiendan mal, no tengo nada contra la gente de capital, tengo familia y grandes amigos que son quiteños, la gente es buena, la ciudad es linda, pero eso no significa que tenga que aceptar la leyenda de la “sal quiteña”.
Si la sal quiteña se usara para condimentar los alimentos ya estuviéramos acostumbrados a comida deshabrida.