Sep
30
2005
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Tenía que asistir a la proclamación de abanderados de mi Colegio; y, aunque consciente de que aquello era un acto muy solemne y de profundo contenido cívico, le tenía poco interés, puesto que habíamos recibido una invitación para ir a pasar los días de carnaval, al Tiputini, allá en el corazón de la amazonía ecuatoriana.

Cinco personas, tres hombres y dos mujeres, abordamos el vehículo, un Vitara 4 x 4. Había que iniciar el itinerario conociendo la vía nueva que, a decir de algunos políticos, será la Trans Oceánica. De Julio Andrade, tomamos la ruta con destino al Oriente, esperando llegar a la primera población, Santa Bárbara. Sufrimos la primera mamada de gallo por parte de unos campesinos –por eso nos dicen pastusos caballos- quienes, al preguntarles cuál era la vía para Santa bárbara, sencillamente nos remitieron al Carmelo.
Una vez dejado atrás Santa Bárbara, comenzamos a descender hacia La Bonita. La vegetación exuberante. La selva, en plena serranía, impresionante. La carretera, angosta y destapada. El paisaje, hermoso. La naturaleza, pródiga.

Después de un lapso considerable, llegamos a la carretera asfaltada. Un gran trabajo en medio de una sobrecogedora soledad. A momentos, recordaba lo que un amigo había dicho, que en esos tramos de la vía, suelen asaltar a los carros, gentes que se toman el nombre de la guerrilla y ocasionan un gran mal a los viajeros.

Rosa Florida, San Pedro de Cofanes, y otros pequeños puntos de nuestra geografía, iban quedando atrás, hasta que llegamos a Lumbaqui, población ubicada a orillas del Aguarico.

El entorno amazónico se insinuaba, y más aún, cuando las tuberías del oleoducto, los tanqueros, el color amarillo de botas y cascos, se observaba a cada paso. Una emoción indescriptible cuando llegamos a Santa Cecilia; emoción, porque allí se deja ver el fuego de las torres de los pozos petroleros. Pensar que ahí, en esa región de nuestro oriente, se comenzó a explotar el oro negro, cuando la dictadura y el comienzo del boom petrolero.

Se nos recomendó que no era conveniente ingresar a la ciudad de Lago Agrio y que podríamos ahorrar tiempo, cruzando el Aguarico en Gabarra. El solo hecho de mirar a ese río, ya imponente en su caudal y teniendo a la otra orilla un sol rojo e inmenso por entre la vegetación selvática, me llenó de nostalgia y alegría: recordar las clases de la escuela, cuando este nombre, Aguarico, era el escenario inicial de la hazaña de Orellana.

Por fin, luego de dejar al filo de la carretera a la Joya de los Sachas y de habernos familiarizado hasta con el olor a petróleo del ambiente, arribamos al Coca o Francisco de Orellana. Qué gentileza de nuestro anfitrión, el coronel Arturo Vizcaíno, quien, después de una breve y saludable tertulia, nos recomendó ir a descansar, puesto que el viaje que nos esperaba al otro día, sería largo y con más emociones.

Allí, en el Coca, nos juntamos con el resto del grupo aventurero: un médico venido de Río de Janeiro, un joven arquitecto y un maestro jubilado y su esposa.
Esa noche se desató una tormenta terrible. El agua caía a cántaros y los rayos y truenos asustaban. No logré dormir bien, pese a la fatiga del viaje, porque la tormenta me hacía pensar en lo difícil y peligroso que habrá sido para don Francisco de Orellana, el llevar a cabo aquella odisea del descubrimiento del Río Mar. No sé por qué, pero todos los hombres que integrábamos el grupo, habíamos coincidido en lo mismo: el pensar en esa acción épica de la historia.

El viaje, aguas abajo por el río Napo, en un deslizador del ejército, fue sencillamente grandioso: los remolinos, los islotes, los bancos de arena, ese descomunal brócoli que es la selva virgen, y las casitas que, muy de vez en cuando, se asomaban a la ribera para gritarnos sus nombres, Providencia, Garzococha, San Roque, Pañacocha, junto con una lluvia pertinaz y la habilidad del “motorista”, nos permitió arribar al Tiputini, un pueblito casi sin calles, perdido entre la selva tropical, bajo un calor y una humedad tremendos, donde la gente, lo único que tiene es tiempo.

El coronel Montiel nos dio la bienvenida. Su cuartel es lo mejor del Tiputini. Los soldados, a pesar de la inmensa soledad, cumplen su tarea cívica en medio de comodidades de primera categoría para su medio: piscina, canchas, talleres, pistas, casino, etc.

Considero que esta oportunidad de conocer a mi Patria desde otro ángulo y otra realidad, ha sido única. Solamente conociendo el suelo patrio se lo puede amar y se puede sufrir con él. Qué bello mi Ecuador. Qué impresionante su paisaje salvaje. No se me quita la idea de que sería positivo el lograr que los estudiantes, para optar su título de bachiller, deberían acercarse a esta región de nuestro territorio, antes que embrutecerse en las discotecas, a pretexto de paseo de fin de estudios.

Un día de aquellos, salí a pasear a la orilla del Napo y saludé con el “motorista” del deslizador, que limpiaba su potrillo, como cuando uno encera su auto. Entre otras cosas, me explicó que el río, al igual que una carretera de primer orden , tiene sus señales que le permite al piloto conducir su nave sin ningún problema; y, algo que me invitó a reflexionar, fue cuando me comentó que él les tiene lástima y pena a esa “pobre gente” que vive en Quito. No sé, decía, cómo es que soportan ese aire contaminado, ese ruido, ese gentío, ese cambio brusco de temperatura; y, más todavía, no sé qué hacen para vivir , porque aquí, a nosotros, el río nos da todo; si necesitamos algún dinero o comida, el río nos proporciona.

Ha pasado el tiempo, y de mi recuerdo no se borra aquella experiencia única y aquella apreciación que, sobre la civilización, tiene un compatriota que ha encontrado todo, hasta su felicidad, en el corazón de la amazonía.

A nosotros nos falta tiempo para todo. A él le alcanza y le sobra, porque solo tiene tiempo y no tiene más nada. Ah, y también tiene lástima por nosotros, los de la ciudad.

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

5 Comentarios en “Tiputini”

  1. Juan dijo:

    La mejor oportunidad de librarse de los cuentos políticos, de las corrupciones a diario que existen, a sufrir por que no llueve, es lo mejor pasar en la selva y acostumbrarse a esa vida es sencilla, es cuestión de ambientarse en unos 8 dias, estar acompañado por la familia y es capaz de no salir al mundanal ruido. Es necesario que todos los ecuatorianos conozcan nuestra amazonía para que sepan lo que tienen derecho a defender.

  2. Ingrid dijo:

    Para reflexionar y como siempre le digo, es un placer leerlo (y no soy Palmista, eh? jejeje)

    Saludos.

  3. RICARDO dijo:

    Este es un comentario que no viene al tema de este blog es a cerca de Tiputini recie hoy revise tus publicaciones y son imprecisas, ni los nombres de las comunidades preguntaste bien de los q me viene a la mente esta PANIACOCHA, y a caso solo te llamo la atención la belleza te deslumbraste por lo hermozo q es se nota q eres superficial e impresionable, NO MIRASTE la contaminación la destrucción en el rio Napo no viste la aequerosidad de los desechos de las petroleras, no te refieres a la pobreza de la gente “solo es hermozo” mira un poco mas alla, leo de vez en cuando tu blog pero me parece q es el articulo mas estupido y superficial q haz escrito, a parte felicito la buena redacción pero pobre el contenido…

    Atentamente.
    Ricardo G.
    Lastimosamente trabajo en una petrolera transnacional que esta sangrando a nuestra amazonia y empobreciendo a la gente de aqui. (Bloque 15)

  4. Phantom dijo:

    Ricardo, originalmente colocaste este comentario en otro post así que me tomé la libertad de moverlo hacia acá.

    También me tomaré la libertad de responderte en nombre de mi papá, que fue quien escribió este post.

    No estoy de acuerdo con las imprecisiones que mencionas, el hecho de que no conozcas algunos lugares o pueblos de por allá no significa que no existan. Pero tienes razón, NO MIRAMOS (si, yo también fui en ese paseo) la destrucción y contaminación del río Napo, no la vimos ¿qué le vamos a hacer?. Y si, la gente es pobre, estuvimos en el Tiputini, un pueblito muy pequeño y la gente es pobre, no ve nada del dinero que genera el petróleo que sacan de sus tierras, pero es gente feliz y creo que, en el fondo, sobre eso trata el post.

    El “motorista” del deslizador en el que nos transportamos es un hombre sumamente pobre (según nuestro punto de vista citadino) pero él no nos envidia nada a los “de la ciudad” y más bien nos tiene pena y lástima.

    No vimos mucho del Oriente, pero lo poco que disfrutamos nos impactó, nos gustó y nos pareció hermoso (con S, no con Z). Con esos antecedentes no me parece justo que tildes a este post de “estúpido y superficial”.

    Creo que es más superficial emitir un comentario del tipo “salven a las ballenas” mientras estás cazando una.

    Saludos y gracias por la visita.

  5. Elizabeth dijo:

    Hace mas o menos unos 4 años atras vivi casi un 1 año en el TIPUTINI, tuve la oportunidad de conocer maravillas del Cuartel y sobre todo del mismo Tiputini, saben creo es la mejor aventura que puede haber dentro de la Amazonía, aprendi muchas cosas de ahi, una de ellas aprendi a comer culebra, tortuga, gualiya, guatuza e incluso los mas conocidos MAYONES son gusanos que provienen de la palma de coco, si es un sol que mata lo que hace en el Tiputini y asi mismo las lluvias torrenciales que de veras asustan, pero uno se acostumbra a todo, tanto asi que tienes que andar a diaria con comoda ropa como si estuvieras en la playa, en ese entonces yo viajaba en bus desde la costa hasta quito y luego hasta el oriente “EL COCA”, nunca me fue cansado viajar de 24 a 26 horas hasta el coca y al siguiente dia tocaba vivir la mejor maravilla del mundo, viajar en lancha o canoa por 12 horas mas para llegar al Tiputini, si muy cansado pero en su trayecto veias cosas que nunca se habia visto, mientras que en la canoa, todos nos haciamos amigos, cantabamos, conversamos e incluso compartiamos nuestros alimentos, las discotecas los fines de semana todo era una aventura.

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