Tenía que asistir a la proclamación de abanderados de mi Colegio; y, aunque consciente de que aquello era un acto muy solemne y de profundo contenido cívico, le tenía poco interés, puesto que habíamos recibido una invitación para ir a pasar los días de carnaval, al Tiputini, allá en el corazón de la amazonía ecuatoriana.
Cinco personas, tres hombres y dos mujeres, abordamos el vehículo, un Vitara 4 x 4. Había que iniciar el itinerario conociendo la vía nueva que, a decir de algunos políticos, será la Trans Oceánica. De Julio Andrade, tomamos la ruta con destino al Oriente, esperando llegar a la primera población, Santa Bárbara. Sufrimos la primera mamada de gallo por parte de unos campesinos por eso nos dicen pastusos caballos- quienes, al preguntarles cuál era la vía para Santa bárbara, sencillamente nos remitieron al Carmelo.
Una vez dejado atrás Santa Bárbara, comenzamos a descender hacia La Bonita. La vegetación exuberante. La selva, en plena serranía, impresionante. La carretera, angosta y destapada. El paisaje, hermoso. La naturaleza, pródiga.
Después de un lapso considerable, llegamos a la carretera asfaltada. Un gran trabajo en medio de una sobrecogedora soledad. A momentos, recordaba lo que un amigo había dicho, que en esos tramos de la vía, suelen asaltar a los carros, gentes que se toman el nombre de la guerrilla y ocasionan un gran mal a los viajeros.
Rosa Florida, San Pedro de Cofanes, y otros pequeños puntos de nuestra geografía, iban quedando atrás, hasta que llegamos a Lumbaqui, población ubicada a orillas del Aguarico.
El entorno amazónico se insinuaba, y más aún, cuando las tuberías del oleoducto, los tanqueros, el color amarillo de botas y cascos, se observaba a cada paso. Una emoción indescriptible cuando llegamos a Santa Cecilia; emoción, porque allí se deja ver el fuego de las torres de los pozos petroleros. Pensar que ahí, en esa región de nuestro oriente, se comenzó a explotar el oro negro, cuando la dictadura y el comienzo del boom petrolero.
Se nos recomendó que no era conveniente ingresar a la ciudad de Lago Agrio y que podríamos ahorrar tiempo, cruzando el Aguarico en Gabarra. El solo hecho de mirar a ese río, ya imponente en su caudal y teniendo a la otra orilla un sol rojo e inmenso por entre la vegetación selvática, me llenó de nostalgia y alegría: recordar las clases de la escuela, cuando este nombre, Aguarico, era el escenario inicial de la hazaña de Orellana.
Por fin, luego de dejar al filo de la carretera a la Joya de los Sachas y de habernos familiarizado hasta con el olor a petróleo del ambiente, arribamos al Coca o Francisco de Orellana. Qué gentileza de nuestro anfitrión, el coronel Arturo Vizcaíno, quien, después de una breve y saludable tertulia, nos recomendó ir a descansar, puesto que el viaje que nos esperaba al otro día, sería largo y con más emociones.
Allí, en el Coca, nos juntamos con el resto del grupo aventurero: un médico venido de Río de Janeiro, un joven arquitecto y un maestro jubilado y su esposa.
Esa noche se desató una tormenta terrible. El agua caía a cántaros y los rayos y truenos asustaban. No logré dormir bien, pese a la fatiga del viaje, porque la tormenta me hacía pensar en lo difícil y peligroso que habrá sido para don Francisco de Orellana, el llevar a cabo aquella odisea del descubrimiento del Río Mar. No sé por qué, pero todos los hombres que integrábamos el grupo, habíamos coincidido en lo mismo: el pensar en esa acción épica de la historia.
El viaje, aguas abajo por el río Napo, en un deslizador del ejército, fue sencillamente grandioso: los remolinos, los islotes, los bancos de arena, ese descomunal brócoli que es la selva virgen, y las casitas que, muy de vez en cuando, se asomaban a la ribera para gritarnos sus nombres, Providencia, Garzococha, San Roque, Pañacocha, junto con una lluvia pertinaz y la habilidad del motorista, nos permitió arribar al Tiputini, un pueblito casi sin calles, perdido entre la selva tropical, bajo un calor y una humedad tremendos, donde la gente, lo único que tiene es tiempo.
El coronel Montiel nos dio la bienvenida. Su cuartel es lo mejor del Tiputini. Los soldados, a pesar de la inmensa soledad, cumplen su tarea cívica en medio de comodidades de primera categoría para su medio: piscina, canchas, talleres, pistas, casino, etc.
Considero que esta oportunidad de conocer a mi Patria desde otro ángulo y otra realidad, ha sido única. Solamente conociendo el suelo patrio se lo puede amar y se puede sufrir con él. Qué bello mi Ecuador. Qué impresionante su paisaje salvaje. No se me quita la idea de que sería positivo el lograr que los estudiantes, para optar su título de bachiller, deberían acercarse a esta región de nuestro territorio, antes que embrutecerse en las discotecas, a pretexto de paseo de fin de estudios.
Un día de aquellos, salí a pasear a la orilla del Napo y saludé con el motorista del deslizador, que limpiaba su potrillo, como cuando uno encera su auto. Entre otras cosas, me explicó que el río, al igual que una carretera de primer orden , tiene sus señales que le permite al piloto conducir su nave sin ningún problema; y, algo que me invitó a reflexionar, fue cuando me comentó que él les tiene lástima y pena a esa pobre gente que vive en Quito. No sé, decía, cómo es que soportan ese aire contaminado, ese ruido, ese gentío, ese cambio brusco de temperatura; y, más todavía, no sé qué hacen para vivir , porque aquí, a nosotros, el río nos da todo; si necesitamos algún dinero o comida, el río nos proporciona.
Ha pasado el tiempo, y de mi recuerdo no se borra aquella experiencia única y aquella apreciación que, sobre la civilización, tiene un compatriota que ha encontrado todo, hasta su felicidad, en el corazón de la amazonía.
A nosotros nos falta tiempo para todo. A él le alcanza y le sobra, porque solo tiene tiempo y no tiene más nada. Ah, y también tiene lástima por nosotros, los de la ciudad.
Un post del Licenciado Delacroix


Según Satan’s little helper yo soy como Kif Kroker
Para
Mi estimada
Proyecto una imagen de Rolando Vera, según el creador de esta encuesta,
Por todo lo anterior creo que Ara tuvo toda la razón al decir que soy un “champús”, una mezcolanza de todo.
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