Archivo de Agosto, 2005

Ago
6
2005
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Sencillamente me encanta el interpretar la guitarra. Me tocan la “tecla” cuando me proponen hacer música. Cuando canto me agrada hacer la segunda voz y la primera guitarra. Podría amanecerme sin problema. Es falso, lo afirmo, que el serenatero y guitarrero es un toma trago de oficio.

Desde niño ya sentía el vibrar de las cuerdas en mi ser, puesto que mi padre y mi abuelo le hacían al bandolín y a la guitarra. No había cosa más interesante que ver y oír a los dos viejos inundando el ambiente con sus pasacalles, sanjuanitos, pasillos o música colombiana. Realmente no tengo idea desde cuando empecé a rasgar la “vihuela”, pero si recuerdo que , cuando colegial, ya daba serenatas, y con Germán éramos el dúo de cuerdas en los programas radiales de los jueves por la noche, en plena calle Bolívar, en el antiguo edificio del Sindicato de Choferes. Nuestro profesor dirigente era un “mono”, el ingeniero José Muñoz. El nerviosismo y la emoción de ser presentados ante el micrófono de Radio Rumichaca, por don Efraín Cabezas –maestro respetable de la locución- hacía que deseáramos que los jueves llegaran pronto. Ni el licor, peor el cigarrillo, eran elementos que necesitábamos, ni en repasos ni en presentaciones; a lo mejor por ello, mi padre, y más aún mi abuelo, nunca me limitaron el practicar el canto y la guitarra.

Bueno, esto como una especie de motivación, ahora voy al grano.

Hace unos días en el mercado San Miguel, saludé a una señora cargada con más años de los que efectivamente tiene. Su cabellera blanca. Sigue siendo morena, pero la gracia que tenía de jovencita, ha desaparecido por completo. Mirándola así, no comprendo cómo es que me gustaba; pero valió la pena el mirarla, porque ello ha despertado el deseo de relatar esta vivencia.

Cuarto Curso del Colegio. De memoria unos cuantos versos de Bécquer, poesía sabrosa, al decir de mi maestro de literatura, el Dr. Orbe, los recitaba a cada momento.. El amor comenzaba a hacer sus pininos, y supongo que por ello eran los suspiros profundos que me arrancaba una negrita del barrio, de cabello medio ondulado; de una cinturita que hacía que todo su cuerpo se balanceara al caminar.

Me parecía preciosa la vecina, más aún, cuando bajaba a llenar agua del “chorro de las preñadillas”. Me esmeraba en ayudarle. Mis amigos de barriada ya sospechaban que andaba “camote”, y eso me incomodaba. Ya no me gustaba ir a nadar al “Puetate”, peor salir a matar pájaros o a robar choclos. Todo me aburría y únicamente cambiaba mi genio, cuando veía a la vecinita, aunque fuera de lejos.

Mi compañero de clase, el “Castor”, me prestó un libro extraordinario, increíble: “El secretario de los amantes”. En el índice se registraba todos los modelos posibles para escribir cartas de amor , o para declararse a la mujer de quien se suponía estar enamorado. Ese libro fue lo máximo para mí: busqué el texto de la declaración más adecuada y comencé a memorizarla.

Una de las piezas del piso inferior de nuestra casa, estaba arrendada a los guardas de “estancos” y de “aduana”. Ellos ocupaban su tiempo entre extorsionar a los “cacharreros”, jugar voley o tomar trago, comprado en la cantina de don Segundo “Chengue”.

Uno de esos días, en que mi afán de conquistar a la “chiquilla” navegaba “viento en popa”, llegó un guarda que era inútil para el voley, poco aparente para la extorsión, pero “maestro” para el “chupe”. Pasaba todo el día “mamado”. Al hablar tenía el dejo de colombiano, porque decía haber trabajado en Pasto, “mijo”.

De entre los guardas, algunos de ellos “puendos”, no faltaba alguno que tocara la guitarra; así que el amigo, con dejo de colombiano, hizo conocer sus habilidades en el canto – y lo hacía muy bien- interpretando un bolero de J.J. que estaba de moda: “De cigarro en cigarro”. Y lo cantaba con el alma, mirando siempre al remedo de ventana de la casa donde vivía la vecina que me quitaba el sueño. A lo mejor la presencia del guarda, que ya era todo un hombre, mientras que yo, apenas un colegial. Tal vez el sueldo que él ganaba, o quizá su hablar que, “para qué le cuento, Ave María Santísima”. Lo cierto es que la vecina ya no me miraba siquiera, porque el “acolombianado” la había conquistado.

Me resisto a creer, pero fue verdad: lloraba, y entre lágrimas y sollozos, acompañado de mi guitarra, cantaba: “ por qué te conocí, si no habías de ser mía”…. etc.etc.

Ese otro día, cuando la saludé en el mercado San Miguel, me dije: los hombres también lloramos… y por pendejadas.

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

Ago
4
2005
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A finales del año pasado tuve mi primer encuentro cercano con los tipos de Juan XXIII. Muchas veces me ha entrado la curiosidad por entrar a una de sus ceremonias y verificar si en realidad la emoción es tanta como para dejarme llevar y empezar a gritar aleluyas al comando del ¿maestro de ceremonias? (o animador, o pastor, no sé como le llamen, pero creo es el equivalente a un MC en una “batalla” de raperos). Siempre he tenido curiosidad por ir, pero siempre he tenido pereza también. Al parecer la curiosidad no ha sido tan grande porque ha ganado la pereza.

Todavía no he puesto la suficiente atención (si, otra razón por la que no aprobé el curso de pre-entrenamiento para posible candidato al curso introductorio de aspirante a aprendiz de agente de la CIA) a los encuentros que tienen los miembros del movimiento Juan XXIII frente a mi casa, pero me parece que cada dos meses vienen con toda su parafernalia, siempre en fin de semana. El pasado fin de semana conicidió con uno de sus encuentros.

Una de sus costumbres, rituales, punto del orden del día, penitencia o yo que sé es levantarse antes de las cinco de la mañana a rezar (me imagino que debe ser por la diferencia horaria, talvez a esa hora en el lugar donde está Jesús ya es medio día o las tres de la tarde y podrá entonces escuchar más atenta y tranquilamente las oraciones). Bueno, el hecho es que salen del recinto en donde se encuentran hacia las calles que los rodean y se ponen a rezar ahí, haciendo fila en las veredas. Por lo menos eso debe pasar porque a las 5 de la mañana hay una larga fila de gente en la vereda mientras algunos están parados fuera de la fila mostrando, a los carros que pasen por ahí a esa hora, unos letreros que dicen: “Por favor, hacer silencio; estamos rezando” (o algo muy parecido, igual un fin de semana a esa hora de la madrugada lo menos que uno puede hacer es ponerle atención a esos letreros).

Muy bien, vivimos en una sociedad libre y civilizada (o por lo menos eso intentamos), y si ellos piden silencio para hacer lo que están haciendo me parece muy bien (igual son las cinco de la mañana, muy poca gente los podrá molestar). Respeto, eso me parecen que piden, y no le veo problema a eso; piden respeto, no están haciendo mal a nadie entonces: démosles respeto (recuerden que somos libres y civilizados).

Pero si a las cinco de la mañana de un domingo; música, estruendos, gritos, chillidos irrumpen mi placentero sueño dominguero lo que menos puedo darles a los causantes de eso es respeto. Mientras un día pedían silencio para que ellos puedan rezar, al otro día inundaban la tranquilidad silenciosa de una madrugada de fin de semana con cánticos y gritos de guerra cristianos; a todo volumen y con la correspondiente amplificación, claro está.

Si piden respeto lo menos que se espera es lo mismo en retorno. Pero no, a ellos no hay que molestarlos mientras rezan, pero ellos si pueden despertar a toda la manzana un domingo a las cinco de la mañana.

¡Fuck movimiento Juan XXIII!

- Everybody in tha house c’mon and let me hear you say alelu
- ya!
- Alelu
- ya!

Ago
1
2005
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Una mezcla entre susto y desesperación. Susto, de ese que más parece sorpresa, y desesperación, como la que llega cuando uno quiere que los comerciales terminen ya para seguir disfrutando de la serie favorita (más aún si se trata de uno de los últimos episodios de la temporada de 24). Algo así fue lo que sentí cuando revisé la portada del rotativo local después de que mi zapping televisivo se vio interferido por un corte de energía. Ocho horas sin energía eléctrica en toda la ciudad durante el domingo desde las 9 de la mañana. Esa era la noticia que me daba los buenos días en una mañana con sol, pero fría.

Todo el día sin luz, ¿y ahora qué hago? Ahí fue cuando me di cuenta de la tremenda dependencia que tenemos de la energía eléctrica. Cero televisión, cero radio, cero computadora, cero cuatro desenchufado ¿y ahora qué hago?

Satine, mi fiel laptop de compañía podría salvar la situación pero solo por un par de horas, mientras le dure la batería ¿y ahora qué hago? -no paraba de preguntarme-.

No me quedó más que resignarme a pasar el día completamente unplugged. Tomar las cosas con calma, ¿qué mas se puede hacer? No hay ninguna televisión que me esté llamando, no hay apuro para conectarme al internet porque sin luz no hay banda ancha, tampoco tengo que apresurarme a seleccionar algo de música para escuchar. No había nada que hacer; todo lo que se me ocurría para pasar el día involucraba el uso de energía eléctrica.

Ok, dejemos a Satine para más tarde, veamos que hay en el “estudio”. Mientras ojeaba los libros en espera de decidirme por alguno recordaba cuando de niño me encontraba en una situación similar: ya había terminado los deberes escolares y por alguna razón no podía ir a la casa de mis abuelos; talvez me había cansado de jugar solo, inventando nombres e historias con mis carritos Matchbox (los de antes, los de “fierro”, los duros, los buenos, los mejores carros de juguete de todos los tiempos) o todavía no era la hora para ver Telejardín (los tiempos en los que no era necesario tener una animadora con ropas ligeras en un programa infantil), el Chapulín Colorado o los dibujos animados “de moda” en la televisión, así que bajaba a ojear los libreros al “estudio”.

Creo que había hecho eso muy seguido porque me sabía la ubicación de casi todos los libros de la biblioteca. Muchas veces, si mi papá estaba buscando un libro y no lo encontraba me preguntaba para que le indique el lugar en el que debería estar y yo, casi siempre, acertaba.

La famosa colección “Ariel Juvenil” con las versiones resumidas acompañadas de ilustraciones a manera de historietas de algunas obras clásicas y conocidas; la enciclopedia Salvat; El Mundo de los Niños (también de Salvat); los libros del cómo, del cuándo, del dónde y del por qué; la Consultora; la colección “Ariel Siglo XX”que era una serie de fascículos dedicados a las diferentes épocas de la historia desde 1900 hasta la actualidad (es decir hasta finales de los setenta que era la época de publicación de la obra) y las inolvidables versiones ilustradas de algunas obras de Julio Verne eran mis lecturas favoritas. Todos los demás libros los ojeaba “por encimita” o no los leía por completo.

Hace poco me di cuenta que hasta los 13 años leí más que desde esa edad hasta hoy: triste y lamentable estadística.

Aún recuerdo el primer libro “grande” y no ilustrado que leí completo: “Hijos de la droga”. Una historia autobiográfica de una chica europea que empezó en el mundo de las drogas antes de los 12 años probando hachís hasta terminar, antes de los 17, inyectándose heroína. Lo leí a los 10 u 11 años, desde entonces, por mucho tiempo y debido al contenido de la novela yo pensé que todas las prostitutas eran drogadictas. Luego me di cuenta de lo mucho que puede afectar, influir o perdurar una lectura, más allá de que entre más se lee mejor se escribe y más apego por respetar la lengua escrita se tiene.

Cuano ya era un poco más “grandecito” un nuevo y pequeño lote de libros llegó al “estudio”. Mi papá no hizo ninguna mención al respecto y luego entendí el por qué. En ese lote de libros se encontraban: Cruel Zelanda, Justine (del Marqués de Sade) y Delta de Venus, tres obras netamente eróticas… más bien fuertemente sexuales debería decir.

Me envicié con Delta de Venus, de Anais Nin. Encontraba deliciosa esa lectura extremadamente descriptiva y elegantemente obscena. Mi naciente libido y curiosidad sexual se encontraban contentos. Mientras M (un compañero de colegio mimado al extremo, al que su mamá y sus tías le cumplían todos sus caprichos y que siempre fue considerado por los demás compañeros como medio “raro”, no raro de gay sino raro, simplemente raro) seguramente se la pasaba viendo a escondidas las revistas pornográficas de su nada despreciable colección, yo me iba al estudio, sin esconderme mucho, a leer Delta de Venus. Al igual que M una vez yo también llevé al colegio el material “pornográfico”. Algunos se redondearon a ver el libro; ver escritas, por montones y libremente todas aquellas palabras que todavía eran tabú en el ambiente católico en el que crecíamos y estudiábamos si causó novedad.

No sé en qué momento me perdí, cuándo fue que me deje llevar por la superficialidad y vagancia de los años adolescentes y dejé a un lado a todos esos viejos amigos y conocidos que siempre estuvieron ahí, algunos siguen hasta hoy en sus mismos lugares, otros ocupando ahora diferentes libreros. Siempre los recuerdo, pero hoy todo fue más vívido, más nostálgico, más fuerte.

Parece que estar sin luz no es del todo malo, me decía mientras empezaba a leer el prólogo de Trópico de Cáncer y me enteraba que Henry Miller había conocido y fue amigo de Anais Nin, allá en París.