Más revolucionario que Fidel

Era el año de 1959. Cursaba el cuarto año del Colegio, para ese entonces llamado Nacional “Bolívar”. Funcionaba en un antiguo edificio ubicado en la Plaza de la Independencia. Se afirma que fue la primera casa de teja que se construyó en Tulcán. Se dice también que allí fue cuartel y que, siendo cuartel, fue el escenario de la llamada “Revolución Montalvista”,. revolución que generó el nacimiento de nuestra Provincia del Carchi, a la vida política..

En esa época, 1959, los colegiales lucíamos el uniforme kaki, en el que se incluía la boína del mismo color. A lo mejor no pasábamos de 200 alumnos en todo el plantel. Inolvidable el patio de recreo, con su árbol de araucaria; las ruinas de una antiguo jardín botánico; la casa medio destruida del porterito y el gimnasio con barras, paralelas, escaleras y cabo de manila. Inolvidable el “Teatro Bolívar” y sus películas en blanco y negro; su proscenio y su telón remendado. Inolvidables los laboratorios de física y química; y, más todavía, el profesor de esta última asignatura quien, aunque no lo crean, tomaba lista de memoria, clavándonos su mirada miedosa con sus ojos más miedosos todavía. La mente, si es que teníamos, se nos ponía en blanco, del mismo color de nuestros cachetes o de la tiza del pizarrón. Inolvidable el rectorado, con la presencia imponente de don “Putulún” y su alfombra verde, de la que salía una polvareda al pasearse con sus zapatos número 43. Inolvidable la biblioteca y su colección preciosa del “Tesoro de la Juventud”. Inolvidable la sala de música y su viejísimo piano, sala que en la tarde, antes de iniciar la primera hora vespertina, se convertía en sala de estudio; es decir, en espacio valioso para igualarse en las tareas o calentar las lecciones de geografía, historia o filosofía, siempre bajo el cuidado del inspector, don “nariz de hacha”. Inolvidable el archivo, cuartucho repleto de andamios y papeles, por el que al pasar se apercibía un fuerte olor a puntas mezcladas con limón y azúcar, propio de los hervidos del señor “godo Villagómez”. A veces, las puntas dizque se mezclaban con café negro, porque al decir de los maestros de antaño, había que tomar la bebida negra que despierta pensamientos blancos.

Toda nuestra juventud vibraba con las noticias de la Revolución Cubana. Nos sabíamos de memoria nombres de personajes que los habíamos mitificado: Fidel Castro. Camilo Cienfuegos, Raúl Castro, Ernesto “Che” Guevara. En nuestra imaginación se proyectaba el perfil geográfico de Sierra Maestra, Bahía de Cochinos, Matanzas, La Habana. Las barbas crecidas y descuidadas, al igual que el cabello largo, eran sueños que se nos materializaban en calcomanías pequeñitas , representando a nuestros héroes, pegadas en los cuadernos y en la luna del reloj que ostentaba el “Dito”, el único que sacaba pecho enseñando su “pulsera” de marca “Invicta”. Todo giraba en torno a la revolución.

Como compañero de clase, tenía a uno que era más revolucionario que Fidel. Según él, máximo en dos años, el Ecuador estaría inaugurando un gobierno, fruto de la lucha popular, en el que el color verde oliva, la gorra con estrella, tipo comando, y la cabellera cubriendo los hombros, así como una bandera roja, reemplazando al tricolor nacional, serían los distintivos del nuevo pueblo. Mi compañero, en su fanatismo, así lo predecía. Se acabaría la pobreza; desaparecería la propiedad privada, y todo el mundo a la zafra – eso no lo entendía, pensando en Tulcán- pero había que hacerlo, porque en Cuba eso era lo que le daba un sabor distinto a la vida.

Nos graduamos de bachilleres, en medio de exámenes orales, tribunales terribles y aplausos de los invitados y de los “otros”. Cada ex Bolívar del 62 cogimos por distintos caminos; y, la revolución, qué?. Cosa extraña: unos de los fanáticos de la Sierra Maestra, se hizo oficial de policía; otro se empleó en el Banco de la Previsora, en Quito; y el que aseguraba emular a Cuba , se hizo chofer profesional.

A los pocos años, volví a mi tierra con un título universitario: “licenciado en Ciencias de la Educación”. Qué gratísima sorpresa la que me deparó la vida: comencé a trabajar como profesor de mi Colegio; claro, inaugurando edificio nuevo, lejos, distante, solitario al norte de la ciudad, allá por las “curvas de las Dávilas”. Ya no era el modesto Nacional Bolívar; ahora era, el “Experimental Bolívar”, con estadio incluido y teniendo por vivienda del conserje –ya no portero- una casita en la que había funcionado una fábrica de cerveza.

Un día, me encontré con el compañero que fuera el más revolucionario en las aulas del Colegio. Me enteré que su situación económica era de lo mejor; y, al interrogarle sobre la revolución, me contestó:

– Esas puterías diría cuando no tenía plata!

Su respuesta fue sabia. Por eso, jamás he creído en los políticos y no he sido “lambón” de ninguno de ellos; peor aún de los que dicen ser de izquierda, sabiendo que el bolsillo lo tienen a la derecha

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

La mamita

Tulcán, sobre todo en los meses de verano, es dueño absoluto de un horizonte inmenso y bello, especialmente cuando en las tardes, la línea de cumbre occidental, teniendo como fondo un enorme cielo rojo, matizado con esplendores dorados de un sol Pasto que se muere en la hora del crepúsculo, deja ver la silueta de dos gigantes: el Chiles y el Cumbal.

El Chiles, macizo andino, medio ecuatoriano y medio colombiano, muestra a los ojos de los tulcaneños, el perfil de una pirámide simétrica. No es un volcán activo, y ello lo confirma la presencia de riquísimas vertientes de aguas termales a sus faldas. Una tremenda grieta –vieja cicatriz cósmica- lo parte al cerro, de noroeste a sureste. A veces esta grieta está llena de nieve y pasa inadvertida. Una pequeñísima laguna, de aguas cristalinas que reflejan, cuando no hay neblina, todo ese azul del infinito, descansa en la parte occidental del cerro, a las tres cuartas partes de su altura total. Las Lagunas Verdes y las Aguas Hediondas, son la huella antiquísima de viejos cráteres.

El Cumbal, volcán activo asentado a pocos kilómetros al otro lado del río Carchi, marca el comienzo del territorio colombiano. Cuando el horizonte está libre de nubarrones, el Cumbal se muestra en toda su terrible belleza: nieves eternas en su amplísima cima; siete cráteres, cumpliendo su papel de fumarolas unos, y de solfataras otros, recordando a todo mundo que en cualquier momento puede despertar y volver a ocasionar daños, como en el terremoto de 1923. Dos interesantes lagunas, una en su falda occidental y otra en su falda oriental, completan la belleza solitaria del Cumbal. Ascender a él no es difícil, pero sí agotador. Hasta más arriba de la mitad de la altura del cerro, los hieleros y los azufreros, suben en bestias para bajar su valiosa carga. Las formas que el tiempo y la naturaleza han creado sobre las rocas de granito, son impresionantes; por ejemplo, hay una gran piedra con la forma definida de un asiento muy cómodo y a la medida de una persona, capaz que cualquier mente rica en fantasía, bien podría afirmar que es el trono del dios Sol, o el sitio de reposo de algún cacique legendario. ¿Quién le dio esa forma y cómo fue pulida esa roca?

En la falda sur oriental del cerro, está un pueblito de gente laboriosa. El pueblito lleva el mismo nombre de la mole: Cumbal. Es frío. Su gente utiliza ropa de lana gruesa, y siempre se los mira “empelucados”. El poncho o ruana, es una prenda inseparable, al igual que su sombrero pequeñito. Uno de los trabajos que identifican a los habitantes de Cumbal, es la elaboración de muebles en madera tallada. Don Everardo es uno de los “artistas” en la madera. Sus cinco hijos y su esposa, conforman la familia apreciada y respetada por los “cumbales”.

De un tiempo acá, Cumbal empezó a ser asediado por los “guerros” y los “paracas”, cosa que acabó con la paz del pueblito, cercano a los frailejones y a las rosas de las nieves.

Don Everardo, traspasado de dolor tuvo que dejar el pueblo de sus mayores; su cielo con nubes de azufre y con aletear de cóndores; su páramo y su pantalón de bayetilla, para emigrar a tierra extraña. La familia se fue a radicar a Tulcán. En dos cuartos y un corredor, instaló su vivienda y su taller. Su hijo mayor, Evelio, también era ya un maestro para tallar flores, venados o cisnes en las cabeceras de cedro “morocho”, de las camas. La gente de Tulcán es buena, y no tardaron los colombianitos en tener amigos y, lo que es más, trabajo.

Cierto día llegó al taller de don Everardo, un paisano suyo. Venía de Cumbal, corrido de los “guerros”, quienes le habían amenazado de muerte porque él los había denunciado a los militares y esa fue la razón de la muerte de uno de los subversivos. Don Everardo le brindó alojamiento y le dio oportunidad para que trabajara en su taller. En tierra ajena, los “paisanos” significan mucho.

La familia de don Everardo se recuperó en su ánimo, La compañía del coterráneo los reanimó inmensamente, porque Jorge –así se llamaba el huésped- tocaba la guitarra y cantaba. Cuanta nostalgia cuando interpretaba el “son sureño” y resaltaba esa parte que dice: “y el Cumbal es la nevera”; o cuando cantaba: “ay Chambú de mi vida, gigante roca….”

Parece cuento o trama de telenovela barata: una tarde, desapareció el “cumbaleño” Jorge y también la esposa de don Everardo. Una niñita de dos años de edad, era cuidada por su hermanita que estaba en sexto año de básica, de la escuela Olmedo.

-La mamita nos dejó y se fue con ese “mal parido” del Jorge- se lamentaba Evelio.

Don Everardo estaba dispuesto a recibirla y perdonarle todo. Su hijo Evelio también; pero lo que sí juró, fue dar a conocer a los “guerros”, el paradero de Jorge. Ojo por ojo y diente por diente.

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

La autoridad, aunque tenga piojos, es autoridad

Muy bien, vivo en una ciudad pequeña, menos de 50000 personas habitan esta fría ciudad. Una ciudad pequeña o un pueblo grande, depende de como quieran verlo. ¿Cultura informática aquí? muy poca, poquísima; ¿juegos en red? si, mi local, el único sitio de la ciudad en donde encontrarán 10 computadoras para navegar en internet y 15 computadoras para juegos en red. ¿Quiénes son los clientes más frecuentes de una sala de juegos en red? (todos en coro) niños y jóvenes.

Todo negocio (a menos que tu papá sea Bill Gates, algún Rockefeller o tenga un “puestico” de Diputado en el Congreso Nacional) empieza desde abajo. Es así que mi primer local, acá en CeroCuatro, era pequeño y estaba en una calle en la que habían 2 o 3 locales de “cosmos” (local con consolas de video juegos, esas cajas grandes de madera -o plástico algunas- con palancas y botones para jugar Street Fighter o algo por el estilo) bastante cerca. El público que frecuenta los “cosmos” está formado por adolescentes de estrato social bajo y con una pinta que fácilmente se confundiría con la pinta de un “choro” (ladrón) o de un delincuente juvenil, bueno no es solo la pinta, también es el comportamiento, debe ser porque en realidad la mayoría son choros o delincuentes.

Lós jovenes ladronzuelos que frecuentaban los locales vecinos vieron el nuevo local e intentaron probar, el resultado: estaban demasiado acostumbrados a las palancas y grandes botones, además nunca en su vida habían tocado una computadora, como consecuencia no les gustaron los juegos en red y volvieron a su hábitat natural. Respiramos tranquilos al ver que nuestros habituales seguían siendo jóvenes y adolescentes estudiantes de escuelas y colegios.

Pero ahí empezó el relajo, los señores agentes de la DINAPEN (Dirección Nacional de la Policía Especializada en Niños, Niñas Adolescentes) nos visitaron y nos pidieron el permiso de funcionamiento de Intendencia.

Resulta que ha existido una ordenanza municipal en la que se PROHIBE el ingreso a menores de 15 años a locales como billares, cantinas y juegos electrónicos. Entonces, nuestro pequeño local para ellos era un “cosmos” más y debíamos sacar permiso de intendnecia. Fuimos y sacamos el permiso, no sin antes reprocharles a los señores agentes su falta de conocimiento en el área de internet y juegos en red y pidiéndoles (fuertemente) que comparen el tipo de ambiente y usuarios que van a los “cosmos” y los que iban a nuestro local.

Y así pasó el tiempo, los DINAPEños seguían visitándonos mientras seguíamos en ese mismo local. Visitas cordiales, en las que no desaprovechábamos la oportunidad para levemente mandarlos al carajo mientras les intentábamos hacer comprender que no deberíamos estar en la misma clafisicación que los llamados “cosmos”.

Nos cambiamos de local, ahora en mero centro, en el parque principal, un gran ventanal permitía ver desde la calle todas las computadoras que había adentro. Creo que mientras estuvimos ahí nunca nos molestaron, ahí si nos trataron como un cybercafé.

Luego, otro cambio de local (cada cambio ha sido para mejorar), un local mucho más amplio, no da a la calle pero es bastante grande y cómodo. Ahora teníamos dos áreas separadas: una para internet y otra para lan games. Otra vez volvieron las visitas de los agentes DINAPENenses. El área de juegos es al fondo y está separada de la parte de internet y aunque en la parte de juegos intentamos tener encendidas las luces los clientes mismos se encargan de apagarlas (obvio, es más chévere ver el ambiente iluminado solo con las luces de los monitores de las computadoras), entonces los agentes de la DINAPEN al ver un local con juegos, al fondo del local y oscuro nuevamente dijeron: “aquí hay cosmos”, entonces vinieron otra vez sus visitas. Y la rutina era la misma, venían, encontraban chicos de 12 o 13 años y nos retaban, nosotros no dábamos el brazo a torcer y, entre comparaciones con Lucio y frases como “mentes cuadradas”, tratábamos de hacerles entender que esa ordenanza estaba hecha hace 15 años pensando en los “cosmos” y no en locales como el nuestro.

Finalmente cumplieron su sueño y entre Comisaria Nacional, Intendente de Policía y agentes de la DINAPEN nos clausuraron el local.

De nada valieron las propuestas que le hicimos (en visitas anteriores) a la señora Comisaria. Está bien que controlen, pero prohibirles el ingreso no me parece lo correcto. Hay formas de controlar el número de horas que juegan los clientes, podemos obtener permisos de los padres para que los menores jueguen un cierto número de horas semanales, pero la ley es la ley y si dice que la entrada a menores de 15 años está prohibida pues hay que cumplirla, fue la respuesta que obtuvimos. Si queremos que se tome en cuenta nuestra propuesta hay que presentarla como proyecto al concejo municipal.

Es cierto que este tipo de juegos puede convertirse en vicio, totalmente de acuerdo. Pero no creo que la prohibición sea el mejor control. Si juegan 6 u 8 horas diarias sería un vicio, pero 1 hora diaria para mí es un hobbie. Lo que pasa es que creen que llevamos nuestros controles “a mano”, que escribimos a qué hora entran los clientes y cosas por el estilo… por Dios, estamos en el siglo XXI, todo el control e ingreso de clientes a las computadoras está automatizado, prácticamente no hacemos nada a mano. Con ese tipo de control es extremadamente sencillo controlar el número de horas que pueden usar los clientes… pero háganles entender.

Talvez la clausura (incluyendo las 75 balas y los 3 días que no pudimos abrir el área de juegos) se pudo evitar si desde un inicio agachábamos las cabeza y no les hubiésemos respondido a los señores agentes de la DINAPEN (porque en los partes policiales que le pasaron al Intendente constaban todos los roces que habíamos tenido con ellos y cosas como “con el señor siempre hay problemas”, “nos decía Lucio”, “nos llamaba mentes cuadradas”). Tarde o temprano ellos se desquitarán, recuérdenlo.

Por lo menos ellos pueden ir donde el Intendente y decirle: “señor Intendente, señor Intendente, ese señor nos dijo mentes cuadradas”. Pero si uno de ellos nos insulta ¿a quién le podemos ir a llorar?

Al parecer si hay que tener respeto a la autoridad, aunque no lo inspire ni se lo merezca. Porque autoridad, aunque tenga piojos y chías, es autoridad.

Según Google; tú puedes ser… ¡todo!

Lo ví donde Blue, Rafael, Canela y en un link de WR276. Y bueno, procedí a copiar la idea para tenerla como draft y así disponer de un post de repuesto listo para su publicación en alguna emergencia creativa o algo por el estilo.

En realidad me parece una idea válida. Si hay muchos que piensan que Google es un adivino, entonces ¿por qué no aprovechar esos “poderes” del mágico buscador y averiguar quién mismo eres? Es así que le pedí a Google que me diga quién es Phantom, y me respondió:

  • Phantom es mejor que el maybach

    Claro que si (¿quién o qué es el maybach?)

  • Phantom es hoy el más largo

    Yo no soy el largo, my little buddy es el largo. Pero a fin de cuentas es lo mismo 😉

  • Phantom es un gigante muy ágil

    Fi, fa, fo, fu, siii, el gigante soy yo, bwajajaja

  • Phantom es una mezcla entre el iBook de primera generación -redondito pero
    elegante- y una de las versiones más chic del Atari

    Más bien soy una mezcla entre máquina de escribir con sinfonola, pero bueno

  • Phantom es el resultado de un intenso programa de diseño e
    ingeniería de cuatro años

  • Si señores, cuatro años de diseño, ¿de dónde creen que sale el nombre CeroCuatro?

  • Phantom es un dispositivo apuntador

    Otra vez estamos hablando de my little General

  • Phantom es un proyecto real

    Pues claro, solo el nombre es de fantasma

  • Phantom es un fraude

    No lo crean, seguramente eso es lo que piensan mis acreedores

  • Phantom es Uno… y Arcades es su profeta

    Hey, eso se dijo aquí

  • Phantom es el que salva las papas

    Si vivo en una tierra papera ¿qué más se podía esperar?

  • Phantom es imponente

    Me asusté, creí que decía impotente

  • Phantom es un Gato

    Casi digo una obscenidad haciendo referencia a que los gatos siempre caen parados, casi la digo

  • Phantom es un showman

    Y quién soy yo para discutirle a Google

  • Phantom es una vieja veterana

    Vos, tu taita y tu ñaña

  • Phantom es una estafa

    No es que sea estafador, sino que vos eres pendejo; ¿cómo vas a comprarme la virgen del Panecillo de Quito?

  • Phantom es un local que permanecerá abierto de jueves a sábado

    De domingo a domingo más bien, Phantom no descansa

  • Phantom es la neta

    y La Net@ es Phantom, así es

  • Phantom es la aventura en estado puro

    Debe ser, por algo serví de inspiración para que crearan a Indiana Jones

  • Phantom es como un pedacito de hielo que se derrite lentamente

    Hey, hey, hey, sin contar intimidades

  • Phantom es de opiniones firmes

    Por supuesto que si. ¿O no?

  • Phantom es re jodido

    No exageremos, tengo mis ratos si; pero nada del otro mundo

  • Phantom es quien traduce precariamente este texto del inglés al español

    Me descubrieron, me no speak English

  • Phantom es capaz de proporcionar feedback de tipo táctil

    Que no intimidades ¡carajo!

Y según Google ¿tú quién eres?

Dos años de CeroCuatro.net.

“There are 172 posts and 2002 comments” miro en las estadísticas del WordPress y luego de recibir un correo electrónico que decía “We just wanted to let you know that cerocuatro.net will soon expire” me acuerdo que este cyber-recinto está de cumpleaños.

Dos años, 172 posts, 2 millares de comentarios y 6 diseños después estoy aquí, sentado frente a Satine, recordando cómo fue que me metí en esto.

Dos años de escribir pendejadas a la vista de todos: ¿ha valido la pena? Yo creo que sí. He adquirido un poco de conocimientos en el área de programación y diseño web; he encontrado muchos blogs interesantes; he tenido la oportunidad de conocer personalmente a mucha gente; he tenido pretextos para ir a Guayaquil; he logrado que mi papá empiece a escribir periódicamente; leo mucho más que hace un poco más de un año; poco a poco voy aprendiendo gramática y las reglas ortográficas básicas; han habido cervezas con pretexto de esto de los blogs; también ha habido playa con el mismo pretexto; más cervezas y algunas cosas más.

Últimamente me he preguntado hasta cuándo seguiré con esta vaina. No me respondo pero en el fondo espero que sea por mucho tiempo. Me parece increíble la posibilidad de que cuando tenga mi familia, mis hijos vean el “archivo” de su papá, por lo menos van a tener una idea de quién mismo fui y de pronto les cueste menos aguantarse al viejo amargado de su taita.

Felicidades a CeroCuatro.net y gracias a todos aquellos que engrandencen mi ego dejando comentarios o incrementando el número de visitas.

Como todo cumpleañero CeroCuatro también quiere sus regalos. He visto que hay algunas direcciones IP que siempre vienen por aquí pero nunca han dejado un comentario, entonces el regalo para CeroCuatro será el siguiente: aquellos que acostumbran venir y no comentar quisiera que lo hagan hoy y dejen un PRESENTE en los comentarios. Un PRESENTE, si. No se confundan, simplemente deben dejar la palabra PRESENTE, les aseguro que será un buen regalo y habrán cumplido con su buena labor del día, además con ese regalo me ayudarán a encontrar el valor (moral y económico) suficiente para pagar un año más de hosting y dominio.

Gracias una vez más y no olviden dejar sus PRESENTES en los comentarios, recuerden que no es por mí; será por mis hijos, jejeje.

P.D.- Dos fechas (menos importantes que este cumpleaños, claro está) coincidieron también con este aniversario: el fin de la cuarta temporada de 24 (me gustó más que la tercera, tomando en cuenta que en está temporada grité más veces “chucha”, “salta” “dale”, “mátalo”, “carajo”, “jueputa” que en la temporada anterior) y también hoy se estrena la segunda temporada de Nip Tuck, una serie altamente recomendada.

De cigarro en cigarro

Sencillamente me encanta el interpretar la guitarra. Me tocan la “tecla” cuando me proponen hacer música. Cuando canto me agrada hacer la segunda voz y la primera guitarra. Podría amanecerme sin problema. Es falso, lo afirmo, que el serenatero y guitarrero es un toma trago de oficio.

Desde niño ya sentía el vibrar de las cuerdas en mi ser, puesto que mi padre y mi abuelo le hacían al bandolín y a la guitarra. No había cosa más interesante que ver y oír a los dos viejos inundando el ambiente con sus pasacalles, sanjuanitos, pasillos o música colombiana. Realmente no tengo idea desde cuando empecé a rasgar la “vihuela”, pero si recuerdo que , cuando colegial, ya daba serenatas, y con Germán éramos el dúo de cuerdas en los programas radiales de los jueves por la noche, en plena calle Bolívar, en el antiguo edificio del Sindicato de Choferes. Nuestro profesor dirigente era un “mono”, el ingeniero José Muñoz. El nerviosismo y la emoción de ser presentados ante el micrófono de Radio Rumichaca, por don Efraín Cabezas –maestro respetable de la locución- hacía que deseáramos que los jueves llegaran pronto. Ni el licor, peor el cigarrillo, eran elementos que necesitábamos, ni en repasos ni en presentaciones; a lo mejor por ello, mi padre, y más aún mi abuelo, nunca me limitaron el practicar el canto y la guitarra.

Bueno, esto como una especie de motivación, ahora voy al grano.

Hace unos días en el mercado San Miguel, saludé a una señora cargada con más años de los que efectivamente tiene. Su cabellera blanca. Sigue siendo morena, pero la gracia que tenía de jovencita, ha desaparecido por completo. Mirándola así, no comprendo cómo es que me gustaba; pero valió la pena el mirarla, porque ello ha despertado el deseo de relatar esta vivencia.

Cuarto Curso del Colegio. De memoria unos cuantos versos de Bécquer, poesía sabrosa, al decir de mi maestro de literatura, el Dr. Orbe, los recitaba a cada momento.. El amor comenzaba a hacer sus pininos, y supongo que por ello eran los suspiros profundos que me arrancaba una negrita del barrio, de cabello medio ondulado; de una cinturita que hacía que todo su cuerpo se balanceara al caminar.

Me parecía preciosa la vecina, más aún, cuando bajaba a llenar agua del “chorro de las preñadillas”. Me esmeraba en ayudarle. Mis amigos de barriada ya sospechaban que andaba “camote”, y eso me incomodaba. Ya no me gustaba ir a nadar al “Puetate”, peor salir a matar pájaros o a robar choclos. Todo me aburría y únicamente cambiaba mi genio, cuando veía a la vecinita, aunque fuera de lejos.

Mi compañero de clase, el “Castor”, me prestó un libro extraordinario, increíble: “El secretario de los amantes”. En el índice se registraba todos los modelos posibles para escribir cartas de amor , o para declararse a la mujer de quien se suponía estar enamorado. Ese libro fue lo máximo para mí: busqué el texto de la declaración más adecuada y comencé a memorizarla.

Una de las piezas del piso inferior de nuestra casa, estaba arrendada a los guardas de “estancos” y de “aduana”. Ellos ocupaban su tiempo entre extorsionar a los “cacharreros”, jugar voley o tomar trago, comprado en la cantina de don Segundo “Chengue”.

Uno de esos días, en que mi afán de conquistar a la “chiquilla” navegaba “viento en popa”, llegó un guarda que era inútil para el voley, poco aparente para la extorsión, pero “maestro” para el “chupe”. Pasaba todo el día “mamado”. Al hablar tenía el dejo de colombiano, porque decía haber trabajado en Pasto, “mijo”.

De entre los guardas, algunos de ellos “puendos”, no faltaba alguno que tocara la guitarra; así que el amigo, con dejo de colombiano, hizo conocer sus habilidades en el canto – y lo hacía muy bien- interpretando un bolero de J.J. que estaba de moda: “De cigarro en cigarro”. Y lo cantaba con el alma, mirando siempre al remedo de ventana de la casa donde vivía la vecina que me quitaba el sueño. A lo mejor la presencia del guarda, que ya era todo un hombre, mientras que yo, apenas un colegial. Tal vez el sueldo que él ganaba, o quizá su hablar que, “para qué le cuento, Ave María Santísima”. Lo cierto es que la vecina ya no me miraba siquiera, porque el “acolombianado” la había conquistado.

Me resisto a creer, pero fue verdad: lloraba, y entre lágrimas y sollozos, acompañado de mi guitarra, cantaba: “ por qué te conocí, si no habías de ser mía”…. etc.etc.

Ese otro día, cuando la saludé en el mercado San Miguel, me dije: los hombres también lloramos… y por pendejadas.

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

Otro encuentro cercano del vigésimo tercer tipo

A finales del año pasado tuve mi primer encuentro cercano con los tipos de Juan XXIII. Muchas veces me ha entrado la curiosidad por entrar a una de sus ceremonias y verificar si en realidad la emoción es tanta como para dejarme llevar y empezar a gritar aleluyas al comando del ¿maestro de ceremonias? (o animador, o pastor, no sé como le llamen, pero creo es el equivalente a un MC en una “batalla” de raperos). Siempre he tenido curiosidad por ir, pero siempre he tenido pereza también. Al parecer la curiosidad no ha sido tan grande porque ha ganado la pereza.

Todavía no he puesto la suficiente atención (si, otra razón por la que no aprobé el curso de pre-entrenamiento para posible candidato al curso introductorio de aspirante a aprendiz de agente de la CIA) a los encuentros que tienen los miembros del movimiento Juan XXIII frente a mi casa, pero me parece que cada dos meses vienen con toda su parafernalia, siempre en fin de semana. El pasado fin de semana conicidió con uno de sus encuentros.

Una de sus costumbres, rituales, punto del orden del día, penitencia o yo que sé es levantarse antes de las cinco de la mañana a rezar (me imagino que debe ser por la diferencia horaria, talvez a esa hora en el lugar donde está Jesús ya es medio día o las tres de la tarde y podrá entonces escuchar más atenta y tranquilamente las oraciones). Bueno, el hecho es que salen del recinto en donde se encuentran hacia las calles que los rodean y se ponen a rezar ahí, haciendo fila en las veredas. Por lo menos eso debe pasar porque a las 5 de la mañana hay una larga fila de gente en la vereda mientras algunos están parados fuera de la fila mostrando, a los carros que pasen por ahí a esa hora, unos letreros que dicen: “Por favor, hacer silencio; estamos rezando” (o algo muy parecido, igual un fin de semana a esa hora de la madrugada lo menos que uno puede hacer es ponerle atención a esos letreros).

Muy bien, vivimos en una sociedad libre y civilizada (o por lo menos eso intentamos), y si ellos piden silencio para hacer lo que están haciendo me parece muy bien (igual son las cinco de la mañana, muy poca gente los podrá molestar). Respeto, eso me parecen que piden, y no le veo problema a eso; piden respeto, no están haciendo mal a nadie entonces: démosles respeto (recuerden que somos libres y civilizados).

Pero si a las cinco de la mañana de un domingo; música, estruendos, gritos, chillidos irrumpen mi placentero sueño dominguero lo que menos puedo darles a los causantes de eso es respeto. Mientras un día pedían silencio para que ellos puedan rezar, al otro día inundaban la tranquilidad silenciosa de una madrugada de fin de semana con cánticos y gritos de guerra cristianos; a todo volumen y con la correspondiente amplificación, claro está.

Si piden respeto lo menos que se espera es lo mismo en retorno. Pero no, a ellos no hay que molestarlos mientras rezan, pero ellos si pueden despertar a toda la manzana un domingo a las cinco de la mañana.

¡Fuck movimiento Juan XXIII!

– Everybody in tha house c’mon and let me hear you say alelu
– ya!
– Alelu
– ya!

Se fue la luz

Una mezcla entre susto y desesperación. Susto, de ese que más parece sorpresa, y desesperación, como la que llega cuando uno quiere que los comerciales terminen ya para seguir disfrutando de la serie favorita (más aún si se trata de uno de los últimos episodios de la temporada de 24). Algo así fue lo que sentí cuando revisé la portada del rotativo local después de que mi zapping televisivo se vio interferido por un corte de energía. Ocho horas sin energía eléctrica en toda la ciudad durante el domingo desde las 9 de la mañana. Esa era la noticia que me daba los buenos días en una mañana con sol, pero fría.

Todo el día sin luz, ¿y ahora qué hago? Ahí fue cuando me di cuenta de la tremenda dependencia que tenemos de la energía eléctrica. Cero televisión, cero radio, cero computadora, cero cuatro desenchufado ¿y ahora qué hago?

Satine, mi fiel laptop de compañía podría salvar la situación pero solo por un par de horas, mientras le dure la batería ¿y ahora qué hago? -no paraba de preguntarme-.

No me quedó más que resignarme a pasar el día completamente unplugged. Tomar las cosas con calma, ¿qué mas se puede hacer? No hay ninguna televisión que me esté llamando, no hay apuro para conectarme al internet porque sin luz no hay banda ancha, tampoco tengo que apresurarme a seleccionar algo de música para escuchar. No había nada que hacer; todo lo que se me ocurría para pasar el día involucraba el uso de energía eléctrica.

Ok, dejemos a Satine para más tarde, veamos que hay en el “estudio”. Mientras ojeaba los libros en espera de decidirme por alguno recordaba cuando de niño me encontraba en una situación similar: ya había terminado los deberes escolares y por alguna razón no podía ir a la casa de mis abuelos; talvez me había cansado de jugar solo, inventando nombres e historias con mis carritos Matchbox (los de antes, los de “fierro”, los duros, los buenos, los mejores carros de juguete de todos los tiempos) o todavía no era la hora para ver Telejardín (los tiempos en los que no era necesario tener una animadora con ropas ligeras en un programa infantil), el Chapulín Colorado o los dibujos animados “de moda” en la televisión, así que bajaba a ojear los libreros al “estudio”.

Creo que había hecho eso muy seguido porque me sabía la ubicación de casi todos los libros de la biblioteca. Muchas veces, si mi papá estaba buscando un libro y no lo encontraba me preguntaba para que le indique el lugar en el que debería estar y yo, casi siempre, acertaba.

La famosa colección “Ariel Juvenil” con las versiones resumidas acompañadas de ilustraciones a manera de historietas de algunas obras clásicas y conocidas; la enciclopedia Salvat; El Mundo de los Niños (también de Salvat); los libros del cómo, del cuándo, del dónde y del por qué; la Consultora; la colección “Ariel Siglo XX”que era una serie de fascículos dedicados a las diferentes épocas de la historia desde 1900 hasta la actualidad (es decir hasta finales de los setenta que era la época de publicación de la obra) y las inolvidables versiones ilustradas de algunas obras de Julio Verne eran mis lecturas favoritas. Todos los demás libros los ojeaba “por encimita” o no los leía por completo.

Hace poco me di cuenta que hasta los 13 años leí más que desde esa edad hasta hoy: triste y lamentable estadística.

Aún recuerdo el primer libro “grande” y no ilustrado que leí completo: “Hijos de la droga”. Una historia autobiográfica de una chica europea que empezó en el mundo de las drogas antes de los 12 años probando hachís hasta terminar, antes de los 17, inyectándose heroína. Lo leí a los 10 u 11 años, desde entonces, por mucho tiempo y debido al contenido de la novela yo pensé que todas las prostitutas eran drogadictas. Luego me di cuenta de lo mucho que puede afectar, influir o perdurar una lectura, más allá de que entre más se lee mejor se escribe y más apego por respetar la lengua escrita se tiene.

Cuano ya era un poco más “grandecito” un nuevo y pequeño lote de libros llegó al “estudio”. Mi papá no hizo ninguna mención al respecto y luego entendí el por qué. En ese lote de libros se encontraban: Cruel Zelanda, Justine (del Marqués de Sade) y Delta de Venus, tres obras netamente eróticas… más bien fuertemente sexuales debería decir.

Me envicié con Delta de Venus, de Anais Nin. Encontraba deliciosa esa lectura extremadamente descriptiva y elegantemente obscena. Mi naciente libido y curiosidad sexual se encontraban contentos. Mientras M (un compañero de colegio mimado al extremo, al que su mamá y sus tías le cumplían todos sus caprichos y que siempre fue considerado por los demás compañeros como medio “raro”, no raro de gay sino raro, simplemente raro) seguramente se la pasaba viendo a escondidas las revistas pornográficas de su nada despreciable colección, yo me iba al estudio, sin esconderme mucho, a leer Delta de Venus. Al igual que M una vez yo también llevé al colegio el material “pornográfico”. Algunos se redondearon a ver el libro; ver escritas, por montones y libremente todas aquellas palabras que todavía eran tabú en el ambiente católico en el que crecíamos y estudiábamos si causó novedad.

No sé en qué momento me perdí, cuándo fue que me deje llevar por la superficialidad y vagancia de los años adolescentes y dejé a un lado a todos esos viejos amigos y conocidos que siempre estuvieron ahí, algunos siguen hasta hoy en sus mismos lugares, otros ocupando ahora diferentes libreros. Siempre los recuerdo, pero hoy todo fue más vívido, más nostálgico, más fuerte.

Parece que estar sin luz no es del todo malo, me decía mientras empezaba a leer el prólogo de Trópico de Cáncer y me enteraba que Henry Miller había conocido y fue amigo de Anais Nin, allá en París.