Archivo de Julio, 2005

Jul
28
2005
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Siempre me había llamado la atención los mecánicos. Esa pinta de fuertes, de bravos y de mal hablados; ese olorcito, no sé a qué, pero me agradaba, porque me vinculaba con el olor de los motores, de los tubos de escape, y hasta de las llantas.

Por fin terminé la escuela. La clausura, a más de los dulces y todo tipo de confites, se vio engalanada, por la presencia de las mamitas y por el montón de medallas –aseo, puntualidad, compañerismo, religión y conducta- que lucíamos en el pecho. Por poco me saco la medalla, antes se la ganó, por sorteo, el “ciego” Rafico. Por todo esto, nunca me han llamado la atención las condecoraciones de los generales.

Cogido de la mano de mi madre, llegué a mi casa, sacando pecho por ese “mundo” de medallitas que sobre mí colgaban. Mi padre, que soplaba una plancha de carbón, se alegró al verme y eso me hizo pensar que atendería el pedido que le había hecho: que me mande a aprender mecánica a donde el “Diablo”, el “Chuspas”, el “Mundial” o el maestro Garrido. Mi padre no podía ver truncadas sus ilusiones, mas todavía cuando mi abuela había dicho que el “guagua tiene dos coronas y es memoristo”. Debe seguir estudiando. Aunque sea para policía.

-No papá, yo no quiero. Póngame a la mecánica del maestro Garrido-
-Vea. mijo, tiene que estudiar. Por lo menos el básico!-

Entre moco, baba y lágrimas, sentía que mi vida se frustraba.
-Yo no puedo ir al Bolívar. Yo que estuve donde los hermanitos. No voy y no voy…!
-Óigame, mijo, deje de hipiar. Si va al colegio, le compro una bicicleta- . Bueno, pensé, ahí si la cosa “cambea”, como dice el hijo de doña Josefina, recién venido del normal de Uyumbicho. Una bicicleta, como la “Hércules”, que tiene mi primo Carlos, con parrilla, timbre y guardafangos. Una “bici”, para llevar el avío al colegio; y el llanto se fue calmando. Una bicicleta para llevarlo en la barra a mi hermanito; y, cuando se me dañe, haría de mecánico y sentiría el olor a aceite y a grasa. En algo satisfaría mi vocación.

Al fin al colegio. El uniforme kaki y la boína. Los inspectores, mucho mas bravos que los hermanitos. Los compañeros molestosos y “viejotes “, por repetidores. Que jodidos: el “Trompudo”, el “Racha”, el “Vampiro Navarro” . A los “legos” nos fregaban más.

Primera gran desilusión: la bicicleta fue un cuento. Mi pobre padre apenas tenía para la manteca y la sal del domingo. Segunda gran desilusión: había un profesor de castellano que nos despechaba con un castigo “sui géneris”; los pliegos de disciplina. Por mínima falta había que escribir en los cuatro lados una redacción con el título; “la importancia de la disciplina”. Si no llevaba el trabajo, lo duplicaba para el otro día. Cada pliego que no llevaba, era un punto menos al trimestre. El pobre “Celín”, hijo del que hacía las “sodas”, debía 80 pliegos. La retirada del colegio lo salvó.

Había un profesor de matemáticas al que le teníamos pánico por lo del “cálculo mental” ; y, más todavía, porque nos tenía “sicosiados” con aquello de que él, por el olor. conocía al que iba a perder el año.

Definitivamente el colegio no era para mí. Cómo extrañaba mi río, mis potreros, mis árboles con sus pájaros, el trabajo en el campo con mi abuelo; mis tardes pletóricas de sol o el muy especial olor a tierra fresca y mojada, después del aguacero. Cada día me aburría más. Hasta había pensado irme de la casa, siguiendo a unos señores que decían ser colonos de las Galápagos.

Noviembre. Mes de las fiestas patronales del Colegio. El asunto empezó a cambiar de tono: números especiales para los “Chúcaros”; sodas, pasteles, helados; pero lo que me impactó más, e hizo que encontrara el gusto al estudio, fue el programa de una tarde, cuando en el salón teatro, se dio inicio al desfile de artistas en honor a los nuevos. “Voy gritando por la calle”, precioso bolero interpretado por el Abdón. “España Cañí”, con los hermanos Ramos, en acordeón y guitarra; “Sobre las olas”, bellísimo pasillo, interpretado en cuerdas por los hermanos Martínez, los “Clavos”. No hubo nada más que hacer: se abrió ante mí el horizonte de colegial y la afición a la música y al canto. Gracias, “Clavitos”.

Los pliegos de disciplina; los profesores bravos y los compañeros molestosos, pasaron a un segundo plano, al igual que el deseo de hacerme mecánico o pedalear en bicicleta.

Posiblemente no completaba dos meses de “estudiante”, cuando una tarde miré que llegaban a mi casa , tres curitas – después supe que eran extranjeros y “redentoristas”-. Llegaban en busca de vocaciones sacerdotales. Yo no quería saber nada de aquello, aunque mi abuela vivía insistiendo que debía hacerme curita, puesto que tenía dos coronas y que era “memoristo”.

-Pero hijo mío, por qué no queréis haceros sacerdote?- decía el religioso de sotana larga y barbas blancas.
-Es que lo que a mi me gusta , padrecito, es ser mecánico- respondí todo asustado y recordando la inclinación que antes la había tenido.
-Pero hijo- habló el otro cura, más viejo y con manchas negras en su rostro desaguado- si vos te hacéis sacerdote, vais a ser mecánico de almas!-

De eso a acá, ha pasado muchísimo tiempo. No me he olvidado del pasillo “Sobre las olas” ni de los padres “redentoristas”, porque quizá acertaron con eso de “mecánico de almas”: mi vida la he dedicado a la docencia y aún disfruto siendo maestro

Un post del Licenciado Delacroix

Jul
23
2005
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A veces pienso que la historia es eso: historia; sin embargo, algo que no registra la historia pero lo escuché de boca de una testigo, creo que vale la pena recordarlo, al menos para entretener un momento el tiempo. Con este amago de motivación, allá va el cuento, como cuando se lanza un “as” de copas, al decir de Bécquer.

Aquella viejita tenía unas facciones finas. Era –mejor dicho- debió haber sido alta; tenía los ojos claros, al igual que su cabello. Ella decía ser de “sangre azul”. Muy poco le agradaba el apodo que lo traía desde la época de sus mayores: “Carisucia”; a lo mejor, por las pecas que tenía en su rostro blanco. Después de todo, logré investigar que la viejita descendía, por línea directa, del español, don Lorenzo de Aguilar, encomendero de lo que hoy es “María Magdalena”, una loma muy cercana a Tulcán.

La anciana mujer me relató en mis lejanos años de infancia, que cuando ella tendría unos siete años de edad, en la plaza de Tulcán, fusilaron a un señor de apellido “Carapaz”, ante la mirada estupefacta de cientos de vecinos, venidos, inclusive, del otro lado del río Carchi.

Para ese tiempo –supongo habrá sido por los años de 1890, porque la viejita decía haber nacido en 1883- aún estaba en vigencia la ley “Garciana”, la misma que expresaba, que más valía que se perdiera un malo y no tantos buenos… Según aquella ley, afirmaba la confidente, un homicida tenía que pagar su culpa con la pena capital. Al Carapaz, por haber asesinado a su esposa, motivado por los celos, le correspondía pagar su culpa con la pena máxima: “16 años, un día”. Esto significaba que el “reo” debía guardar prisión por 16 años y, al día siguiente, ser fusilado.

En ese tiempo, la cárcel pública se ubicaba junto a la casa municipal, en el camino de Carlosama, entre la calle “detrás de la iglesia” y la calla del Manzano –actual 10 de Agosto, entre la Olmedo y la Colón.

Mediante bando, se dio a conocer que el Carapaz iba a ser fusilado en el patíbulo que se levantaría en la plaza del juego de pelota, a un costado de la Iglesia Matriz, actual Banco del Pichincha. Todo el pueblo: los de la Calle Real, los de la Plazuela, los de la Veracruz, los de los Ejidos, los estancieros, e inclusive muchos de la Provincia de Obando –con traje dominguero- se acomodaron en el mejor sitio de la plaza, para presenciar el terrible espectáculo. Un poste, en medio de una tarima y unas gradas que iban desde el suelo hasta la plataforma, era todo el temido patíbulo. El gentío dejaba escuchar un murmullo, mezcla quizá de sollozos y oraciones.

El reo, a eso de las diez de la mañana, fue sacado de la cárcel. Vestía una especie de túnica blanca. Lo escoltaban tres carabineros y le acompañaban dos sacerdotes, uno a cada lado, a lo mejor dándole ánimo con sus jaculatorias. Una gallina blanca caminaba delante del reo, picoteando, de rato en rato, la tierra de la calle que, de la cárcel conducía al patíbulo. Los curiosos se estremecieron y creció el murmullo. Un aire pesado, parecía respirarse.

Llegó la comitiva al pie del patíbulo, La gallina subió adelante, seguida del reo, los carabineros y los curas. Un gendarme esperaba en el tablado, al pie del poste. La gallina levantó el vuelo y fue a detenerse en el patio de la cárcel. Los sacerdotes, con sus oraciones, le preparaban para la muerte. El gendarme, luego de atarle las manos por la espalda atrás del poste, le vendó con un pañuelo negro los ojos.

-Daranme en la buena, no me harán sufrir- fue lo único que dijo el reo, mientras los sacerdotes le bendijeron y descendieron de la tarima. Un silencio impresionante fue el marco de la descarga de los rifles, a la voz del jefe de la escuadra de fusileros. El Carapaz, ni un quejido; solamente su torso se inclinó hacia un costado, quedando inmóvil por el resto del día. Según las autoridades, aquello serviría de escarmiento para todos.

Poco a poco la plaza del juego de pelota se fue quedando vacía. La gente tuvo mucho que comentar acerca de lo que fue el último fusilamiento en Tulcán.

-Pobre Carapaz, la gallinita a lo mejor ha de haber sido su almita- terminaba diciendo la anciana “Carisucia”, que me contó esta historia.

El Licenciado DelacroixUn post del Licenciado Delacroix

Jul
13
2005
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Junio. Todavía en exámenes, pero con ropa nueva -no importa que la camisa, cosida por mi madre, tenga impreso en la espalda: “Harina San Luis”- El ambiente huele a vacaciones, a chocolatines, a gomas, a frunas. El viento empieza a insinuarse, coqueteando con las cometas –cuatro sigses, un pedazo de periódico, retazos de camisetas, y el pabilo robado al abuelo-. Las tórtolas, carishinas y lloronas, en bandadas se levantan de los rastrojos y se refugian en las frondas de los capulíes , eucaliptos y pumamaques del filo de la zanja.

Qué emoción, en el grado se prepara la exposición de trabajos realizados en el año lectivo: casitas de cartón forradas de papel brillante; fruteros de barro, decorados con tierras de colores; cartulinas con paisajes de la serranía; maromeros diminutos, hechos con pedacitos de madera; trabajos hechos con pepas de eucaliptos, con hojas secas, con musgo.

-Vacaciones, canta, canta,
vacaciones, ríe, ríe;
vacaciones, canta y ríe el corazón-

Esto cantábamos a todo pulmón, mientras clavábamos las puntillas para sujetar los trabajos en las paredes.

Quien nos dirigía, era el profesor, señor Oñate. Una persona multifacética, porque , a más de “profesor”, era el maestro de dibujo, de mecánica, de carpintería; entrenador de fútbol, de natación; director de teatro, del coro, etc. (Es que aún no había, ni el “mepedé”; ni la UNE) Gracias, mi maestro.

Bueno, llegaba el día de los exámenes orales. Las mamitas –los papacitos, desde ese tiempo ya eran despreocupados-, dejando la olla a medio hervir, asistían a la sabatina para sentirse orgullosas de sus guaguas “memoristos”, o medio avergonzadas cuando no contestaban las preguntas “como la agüita”

Fines de junio: a la casita con los diplomas y las medallas; y, luego, a “aprontar” el “tamo” para saltar san Pedro y san Pablo.

Por la tarde, todos los niños del barrio, llevando sogas enroscadas a la espalda, salíamos a buscar el tamo. Desde lejos se divisaba los trilladeros. Se llegaba a ellos y, luego de jugar en el tamo, haciendo túneles, dándonos “volantines”, hacíamos los “guangos”. A más de sudados, quedábamos con la cabeza llena de pelusas, sobre todo cuando el tamo era de cebada. Quedábamos también rasgados la cara, los brazos, las canillas, con el filo cortante del tamo de trigo.

En fila india, los niños volvíamos a casa cargados el tamo. Qué iras cuando el “guango se paría”. Teníamos que volver a recoger del suelo el tamo, para ajustarlo otra vez y echarlo a la espalda.

Frente a cada casa se amontonaba el tamo; y, el 28 de junio, por la noche, comenzaba la fiesta, fiesta tan esperada y hermosa. Se hacía pequeños montones de tamo y se les prendía fuego. El jolgorio infantil era único. Los adultos, recostados sobre el tamo y con sus jarros de “hervidos”, disfrutaban de los saltos y los gritos de los pequeños, mientras en sus pupilas se reflejaban las llamas blancoazuladas del tamo encendido.

-“Taitico san Pedro y san Pablo, abra las puertas del cielo, cierre las del infierno y vèngase a calentar en mi fogoncito”

Esto gritaban los niños de un fogón distante, mientras que los otros de acá, les contestábamos más duro. Así se iba consumiendo el tamo y el barrio empezaba a quedarse solitario.

Tanto tiempo ha pasado. Hoy solo queda la nostalgia de un recuerdo de lo que ya no será. Imposible olvidar, cuando dos niños –el Coco y el Chato-, al saltar al mismo tiempo desde lados opuestos, se chocaron en medio de las llamas del fogón.

Hoy, el Coco es un próspero comerciante, y el Chato es un sargento retirado; pero los dos, siguen siendo negritos, gorditos y bajos de estatura.

-Abre las puertas del cielo, cierra las del infierno…..- sobre todo, las de este infierno!

Un post del Licenciado Delacroix

Jul
10
2005
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La yunta de siempre, los 4 habituales pero esta vez, más mi sobrino. Después de ver Boogeyman salimos en el carro del Licenciado Delacroix a comer algo. “El pollo del terminal es bueno” fue la sugerencia, entonces nos fuimos al pollo del terminal.

Esa característica poca visión de mercadotecnia y la casi nula predisposición por crear un nombre o generar una marca, propia de mucha gente que monta su negocio para poder sobrevivir mientras se pueda es lo que hace que el local al que nos dirigimos se llame, ingeniosa y originalmente: “Broster chicken” (así, broster, ni siquiera broaster). Se encuentra en los bajos de un hotel, frente al terminal terrestre de Tulcán. Durante el día la calle en la que está ubicado el resturante es una de las principales vías dentro de la ciudad por lo que el tráfico es bastante considerable, además de ser paso obligado de casi todas las líneas de buses urbanos.

Sábado, 10:30 de la noche: en Tulcán no hay ninguna calle, por principal que sea, que tenga un tráfico considerable, es más; casi no hay tráfico a esa hora. Llegamos, por seguridad (para poder echarle un ojo al carro) me estacioné frente al restaurante, delante de otro carro y más atrás de la señal de no estacionar. Mientras estaba estacionándome me hacen notar que varios policías se acercan: estaban haciendo batidas (controlando licencias, matrículas, consumo de alcohol… me imagino, me supongo que eso controlan) y colocaron su puesto de revisión (los conos de seguridad, esos anaranjados) a pocos metros de donde me encontraba. Me detuve por un momento en espera de que me digan que no puedo estacionarme ahí, que había una señal que lo prohibía. No me dijeron nada, entonces terminé de estacionarme y entramos al restaurante.

Poco tiempo después de que entramos salieron algunas personas que se montaron en el carro que estaba estacionado detrás nuestro sin que tampoco los policías les digan algo. Bacán -pensé- tampoco le dijeron nada por la señal de no estacionar. Casi media hora después salimos y mientras me dirigía al carro un policía se acerca para tomar nota de las placas. Lo regreso a ver con cara de “What the fuck…” y le pregunto si hay algún problema.

- No puede estacionarse aquí, ¿no ve la señal de no estacionar? (dijo desde más atrás el ¿teniente?)

- Pero hace media hora que llegué, ustedes estaban parados al frente y no me dijeron nada (dije yo, con la misma cara de “what the fuck…”).

- Ustedes tienen ojos y debieron fijarse en la señal (respondió finalmente el “jefecito”)

Subí al carro con una actitud que claramente indicaba “chapas huevones, váyanse al carajo” La actitud era tan clara que hasta el ¿teniente? se dio cuenta, caminó hasta atrás para ver la placa y decir “del Carchi tenían que ser”. Si, soy el Carchi, pastuso hasta las huevas ¿y?… por lo menos no soy chapa. Claro que eso no lo dije en voz alta, solo pude decirle: “ahhh, chapitas tenían que ser… hasta luego” y me despedí haciendo el ademán que usan ellos para saludar o despedirse (la mano en la frente) para evitar que mi mano automáticamente les de “the finger”.

Estaba cabreado y no me dí cuenta que salí en dirección contraria, tenía que ir a dejar a las muy estimadas féminas de la pequeña gallada. Menos de una cuadra después di vuelta en U y regresé nuevamente por el puesto de revisión, me hicieron señas de que pare, probablemente para el típico: “papeles”. Paré frente a ellos y no sé que cara vieron que me hicieron seguir nomás.

Dejamos a las chicas, regresamos y pasé nuevamente frente a los chapitas. Me detuve sin que me lo pidieran y llamé al que me levantó la multa:

- Disculpe, necesito saber el rango y nombre del policía que me levantó la multa

- Mi teniente está por…

- ¿Usted fue el que me levantó la multa?

- Si

- Su rango y su nombre por favor

- Betancourt, policía Betancourt

- ¿Nombre?

- Javier. Policía Javier Betancourt

- Listo, muchas gracias

Hace menos de dos semanas que mi papá hizo los trámites para la matriculación y le salieron con que tenía una o dos (no me acuerdo bien) multas pendientes. Pero el sistema de registro de contravenciones que lleva la Policía Nacional de Tránsito del Ecuador es tan exacto, preciso y meticuloso que no saben por qué son, cuándo fueron hechas ni quién las hizo. Entonces, para el teniente que estuvo a cargo del “operativo” el día sábado 9 de julio frente al terminal terrestre en la ciudad de Tulcán y que tenía bajo su mando al policía Javier Betancourt le digo que tengo bien presente esta multa: “mal estacionado”, nada más debe decir, si me salen con alguna pendejada más por lo menos les daré “the finger”, jeje.

¡Salud! por nuestra gloriosa y carroñera (quería decir buitrera pero no sé si el término exista) Policía Nacional de Tránsito.

Jul
7
2005
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Si habría que clasificar a este blog dentro de una categoría creo que todos estaremos de acuerdo en que “científico” o “educativo” nunca estaría dentro de las posibilidades. Pero de todo se da en la viña del Señor y en esta inmensa viña del internet pasa lo mismo.

Se me ocurrió buscar “cerocuatro.net” en Google, y entre los títulos de las páginas mostradas en el resultado hubo uno que me sorpendió: “Maloka Virtual - Actualidad” decía el título. Hey, hey, esperen ¿una página de Maloka mencionando a CeroCuatro.net?

Brevemente y en caso de que no hayan escuchado el nombrecito antes: Maloka es el primer Museo de tercera generación o Centro Interactivo de Ciencia y Tecnología de Colombia y uno de los pocos en su género en América Latina, según el portal oficial del turismo en Bogotá. Por cierto a la página de Maloka le falta la sección “acerca de” o “quiénes somos”, si alguien nunca había oído hablar de este centro/museo muy difícilmente podrá “adivinar” de que se trata al ingresar a esa página.

Hay un artículo titulado “La guerra de los mundos ha comenzado” en el que la autora, con pretexto del estreno de la película de Spielberg basada en el libro de H. G. Wells hace referencia al proyecto SETI y a las investigaciones que se realizan para verificar si existe vida en otros planetas.

Es un artículo, educativo, informativo y con algo de datos científicos, ¿cierto? Entonces ¿qué carajos hace CeroCuatro.net citado como fuente?

Talvez la autora del artículo busco por “vida inteligente en otros planetas” y se encontró con este post de CeroCuatro. Y eso fue todo, desde ahí mi post ya pasó a ser una “fuente” para un artículo educativo.

Ja, siempre me encuentro cosas chistosas en el internet.