Archivo de Junio, 2005

Jun
22
2005
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La escuelita de los hermanos, -con prosa llamada: Instituto Hermano Miguel- se ubicaba en el barrio del hospital, aunque en realidad era el barrio del “Getapal”, por la abundancia de “getas”, es decir, vertientes y pozos de agua que manaban en la ladera occidental de la escuelita, formando al pie, una ciénaga colmada de hermosos cartuchos, indispensables para la elaboración de coronas, complemento ideal de los velorios.

Entre el patio de la escuela y la ladera del Getapal, había un caminito conocido como el “Callejón de las Asas”. Este callejón, bordeado de enormes árboles de eucalipto que daban sombra al patio de recreo, servía de “urinario” para la gente de una buena parte del barrio, pues Tulcán no tenía el servicio de alcantarillado.

Las casitas del callejón de las Asas, no pasaban de tres. Se destacaba una, construida sobre un bordo alto, al costado del caminito. La casita era muy pequeña. Su estructura era de bahareque y el techo, de paja. Tenía una sola puerta y una sola ventana, a la calle. Las paredes eran blanqueadas con cal y la ventana no tenía vidrios, sino unos barrotes de madera.

Esa casita, casi solitaria, era habitada por una mujer joven, a la que los niños le decían “la loca”; y, por supuesto, le teníamos miedo. A más de eso, las mamacitas recomendaban a sus párvulos, no pasar por la casa de la loca. No sé si realmente era loca, pero la verdad es que cuando los niños lanzaban piedras o terrones a la puerta y a la ventana de la casa, la señora salía armada de un palo o de un “perrero”, y, con insultos y amenazas, hacía correr a los traviesos escueleros. “La loca… la loca”, era el grito desesperado que, en desenfrenada carrera, lanzaban los pequeños entrenadores de su puntería.

El hermano Director, con frecuencia llamaba la atención a los niños, en los momentos de la formación, sobre lo mal que hacían al burlarse de la vecina de la escuela.

El zurdo Enríquez, el más viejo del grado, era el más “puntero” al atacar con ladrillazos a la casa de la loca. El Guerra, el “frente de culo”, a veces, no más. Fallaba en su puntería; en cambio, el más mal hablado, era el “lechero” Luis; él, haciendo corneta con sus manos, insultaba a la loca con palabras de grueso calibre, circunstancia que ameritaba el confesarse el primer viernes con el padre Eusebio; porque, según el hermanito, Bonifacio José, el escuchar “malas palabras”, era pecado; y, a propósito de pecado, no sé como en nuestras almitas de niño, cupían tantos pecados. Todo era pecado: cachicarse el dulce, tirarse un pedo en clase, responder a la mamita, no aprenderse de memoria el catecismo, en fin. Cómo seríamos de traumados por el pecado y por el infierno, que recuerdo algo, que ahora, me causa gracia.

Tenía que confesarme con el padre Eusebio, un franciscano gordo, con gorra de paño, barba abundante y un pequeñito poncho sobre la sotana. Qué miedo cuando ya me tocaba el turno, y qué envidia mirar a los niños quienes, luego de confesarse, se arrodillaban para cumplir su penitencia.

- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A ver, hijo. Qué pecados tenéis- El padre Eusebio arrastraba las “eses”, porque decía ser español.
- Yo, padrecito…. verá. Yo padrecito…..
- Te voy a ayudar, hijo.
- Dios le pague, su reverencia!
- Tenéis, de pronto, deseos de lo mundano?
- No sé, su reverencia, no lo conozco al Lombano!
- Tranquilo, hijo, te quiero decir que si tenéis deseos de la carne.
- Padrecito…. si. – y me sentía coloradote.
- Cada cuánto te vienen esos deseos, hijo?
- Todos los días, padrecito!
- Oídme, hijo: eso está muy mal. Si vos continuáis por ese camino, te espera el infierno. Debéis abandonar ese camino. –Y yo, más coloradote.
- Prométeme, hijo, que dejaréis ese camino equivocado.
- Si, su reverencia, lo prometo y pido penitencia y absolución.
- Hijo mío, tenéis que rezar un padrenuestro y un avemaría.

Desde ese día, pensando en las palabras del padre Eusebio y, sobre todo en que debía dejar ese camino, ya no iba a la escuela por la carretera, sino por unos potreros que no me permitían pasar frente a la tienda de la señora Herminia, para así no sentir el olor que despedía la paila de fritada. Al fin, ya no tenía deseos de la carne.

Una tarde, recuerdo que ya era época de exámenes finales y el ambiente despedía un olor a vacaciones, vimos que, por el portón del callejón de las Asas, entraba la loca. El patio, como por encanto, quedó solitario: los niños desaparecimos. Únicamente el zurdo Enríquez, por una rendija, miraba y nos informaba que la loca estaba hablando con el señor Oñate.

- Ahora nos jodimos todos- decía el Taramuel.

Poco a poco empezamos a salir porque la loca ya se había ido, después de hablar, con manos y todo, con el profesor. Tocó la campana el Manuel y todos entramos a clase. El señor Oñate, después de recordarnos el respeto que se debe tener a las personas mayores, nos comentó que la “loca”, no era ninguna loca. Que ella era una mujer que vivía sola y que sufría mucho porque al pasar los niños por su casa, le ofendían con insultos y le dañaban su casita, lanzándole piedras. Ella, lo único que hacía, era defenderse, para conseguir que los pilluelos se fueran.

Nos habló con tanta emoción el profesor, que creo que todos, mentalmente, nos hicimos una promesa: pasar por el callejón sin molestar a la “loca”. La loca recobró la razón, y su imagen quedó como un recuerdo lejano de la niñez, junto al callejón de las Asas y muy cerca del “Getapal”.

¿No seríamos acaso los niños, los locos….?

Un post del licenciado Delacroix

Jun
22
2005
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Blue, blogger manabita, ha recibido una carta de parte de los abogados de Otecel y Telefónica en la que le piden (obligan) a que retire la animación flash que creó hace algún tiempo (poco antes de la caída de Lucio Gutiérrez) y en la que se usaba la muy conocida M de la “nueva” operadora Movistar (si, esa M que parece lombriz de tierra psicodélica) y el temita musical que taladró nuestros oídos en los días cuando se lanzó la campaña de lanzamiento de la mencionada operadora celular.

Estoy seguro que muchos de los que están leyendo esto recuerdan la animación a la que hago mención. Esa animación en la que al final aparecía la foto del ex-presidente Gutiérrez y la palabra bótaMe. En definitiva era una parodia de Movistar pero enfocada claramente en mostrar la situación que vivía el Ecuador en ese entonces.

Por el momento la animación ya no se encuentra disponible. Ahora en su lugar se muestra la carta del cese y desista enviada por la firma de abogados representantes de Otecel y Telefónica.

El grupo de abogados debe tener razones legalmente justificadas y cimentadas para exigir que se quite la animación flash que Blue hizo, por algo lo hacen, por algo son abogados, deben saber de eso (me imagino). Pero creo que están tomando todo fuera de contexto. ¿Se imaginan si por todas las parodias que se hacen se emitieran y se hicieran cumplir los “cese y desista”? ¿Acaso a Saturday Night Live le llegan semanalmente ese tipo de comunicados por las parodias de comerciales que hace (ahorita llega a mi mente la parodia que hicieron alguna vez de los productos de Aunt Jemima)?

Ok, digamos que Blue quita definitivamente la animación flash de su site. Algunas personas que anteriormente descargamos esa animación y la guardamos en nuestras computadoras decidimos ahora colocarlas en nuestros weblogs o websites para dar sitios alternativos de visualización y descarga. ¿También nos pedirían (obligarían) a cesar y desistir? o ¿solo el autor sería el responsable?

Estoy seguro que Blue saldrá avante de este “conflicto”.

Chistosa, esa me parece la actitud que ha tomado Movistar en este asunto.

El error tipográfico de TELEFONONICA en el comunicado de cese y desista ¿es tuyo, Blue, o de los abogados?

Jun
20
2005
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El Nando ya se apuntó, así que (hasta ahora) somos dos de las tierras altas que estamos listos para ir a Guayaquil al Blogs2005.

¿Quién más se apunta, quién dijo yo? Ya no queda mucho tiempo.

Eso nomás, estoy al apuro, con dial-up y desde la tierra de las piñas.

Jun
15
2005
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Desde el tacín, acomodado a la entradita del soberado, una gallina carioca, saratana por más señas, y con pinta de ser chilena y calzada, después de dar unos pocos aletazos, cayó al patio, levantando polvo y haciendo alboroto con su cacareo, cosa que despertó al mayor que, cerrados sus ojos pequeños y medio lagañosos, soñaba en tantas cosas que fueron la razón de ser de su vida, ahora llegando al final, apoyándose a un bastón hecho de bejuco, del propio, de ese de hacer verraquillos, cogido a la orilla del camino de Barbacoas, allá lejos, lejísimo, cuando era joven y, a la par, se movía con la recua.

Juan, así se llamaba el mayorcito, volvió a retomar el hilo de sus recuerdos; y, como si fuera una proyección en el fondo de su cerebro, veía su pasado. Recordaba que era un niño; pata al suelo; con ropón que le cubría en parte su cuerpo para no andar pirlingo, y que le facilitaba para hacer sus necesidades donde le agarraba. Recordaba a su mama Filomena, que no era su mama, porque su propia mamita había muerto a los veinte días de nacido. Que jodido haberse criado con misia Filomena, su hermana mayor; y, más jodido, cuando su hermana se casó con un Revelo, un tondolo, medio guandumbas, que no quiso saber nada del niño, por lo que la criatura tuvo que apegarse a su madrastra, misia Dioselina –ánima bendita, que Dios la tenga en su reino, pero que la leña no le merme- Se le venía a la mente al anciano, cuando ya era maltoncito, pipón, mocoso y pasposo. Cuando ya se ponía calzón de bayetilla, por más señas comprado a esos naturales de Cumbal. Cuando ya usaba poncho, con olor a monte, a borrego y a caca de guagua tierno. Cuando su sombrero dejaba pasar por un costado, esos pelos tiesos, puyosos . mezcla de sudor, de lodo, por mojarse en el vado del río Carchi, su río: canto y espejo; alcahuete y frío, no frío, helado, porque cuando se metía en él, sus pelotas no las sentía. Claro, a pesar de estos adelantos en su vestido, sus pies seguían pegados al suelo; los talones rajados –es que la tierra negra es brava- y tan rajados, que parecían esas ocas endulzadas al sol y que eran un verdadero manjar al comérselas con una escudilla de leche de vaca negra , changado la tulpa, en donde ardían esas ruedas de majada seca de ganado. Cuando de los talones rajados le vertía sangre, lo mejor –eso le había enseñado su hermana Filomena- era hacerse mear – a putas, eso si ardía- pero lueguito: qué rico, qué alivio, si era como comerse ocas dulces con un mate de leche postrera.

Talvez tendría ocho años, porque su papá, el alambiquero Arcenio, eso le decía, después de contar en los dedos. Y recordaba que a esa edad, su papá la había cagado a misia Dioselina, y como la vieja era maldita –madrastra, pis, madrastra- él, guagua de ocho años, pero ya tiecito, le pasaba un cuchillo de la cocina, para que le sacara la mierda, como había visto hacer a los puercos cuando los pesaban, para hacer morcillas y fritos.

Ahora otra vez la carioca. Ahora cacareaba porque quería subirse al tacín, trepándose por un hurgunero que servía para el efecto.

-Esta culeca puñetera- Pensó don Juan, volviéndose a refundir en su pasado. Es que recordar es vivir, qué putas.

Había ajustado los doce años. En el juego de pelota, oía que esos bámbaros de los pupos están armándose para declarar la guerra a los godos. El era godo, porque hasta su poncho era azul. No entendía bien como era el enredo. Escuchaba que desde Colombia venían combatientes. Que Lucio Velasco; que Julio Arboleda; que el Obispo Shumaker; que los batallones: Imbabura, Casavianca, Alvión, los Arracacheros; que la banda de la Guaneña, en fin. Lo que recuerda es que resolvió irse a la guerra, y antes que volverse un héroe, lo que le animaba era librarse de la madrastra. A escondidas cogió una sábana; se la envolvió en la cintura y, al grito de: “viva el partido conservador, carajo”, se marchó, sin pedir la bendición a don Arcenio, el alambiquero de los Espíndolas.

-“Las pesetas esterillas ya perdieron su valor,
arriba el partido godo, abajo el libertador-“

Alrededor de un fogón, hecho de chagualqueros y picllos secos, atizado de chamiza de chilca y de cerote, un grupito de combatientes curuchupas, escuchaban cantar a un tipo flaco –solo andamio- con barbas de perro molinero y con alpargates de labor entera, acompañado de una vigüela ahumada, destemplada y falto la prima. Su voz, desafinada y aguardentosa, soltaba coplas alusivas al asunto. Después de cada copla venían los gritos, las palmoteadas y el sorbo de chancuco, traído en perras desde Pusir.

Sería el olor a pólvora, o tal vez el taco de chancuco, pero lo cierto es que a Juan se le iba despertando el patriotismo y el deseo de que amaneciera ligero para hacer ver su brazo y su puntería.

-Esos juaputas de los radicales dizque tienen montado un cañón en la loma del panteón viejo-
-Hay que cuidarse porque esos maricas llevan a los prisioneros a encerrarlos en esa casa grande, de tapia, al costado de la Matriz-
-Bendito sea Dios, que el padre Herrería y el padrecito Santelí, dizque dan los responsos a los heridos en combate- Estas y otras cosas, comentaban los viejos abrigándose con el rescoldo de los chaguarqueros

A la aurora, cuando los gorriones despertaban con su canto, Juan se levantó y, después de rascarse con fuerza y con gana la cabeza, se arremangó los calzones; se ajustó la faja de lana, bordada con flores y con versos; tomó su Coplacher, lo limpió con una esquina del poncho, y…. listo.

Como tostado sonaban las descargas de los fusiles. Sería del miedo o del calorcito del fogón, pero algo calientito le bajaba por la entrepierna, cuando , a más de los disparos, oía el grito de: “avaaancennn…¡”. “Viva el partido conservador”¡ . Abajo los masones”.

De pronto, un compañero cae herido. La Guaneña tocaba más duro. Adiós nervios. El valor se volvió temeridad… Recordaba que el patojo Zoilo y el Sixto lo agarraron para que no saliera de la zanja que le servía de trinchera.

-¡Sueltemen, yo los mato a esos chuchas-¡
-No me cojan, porque esos maricones no pueden matar a mi amigo, carajo¡

Que porrazo de muertos. Cuántos heridos. Unos liberales. Otros conservadores. Hecho guango, paichados, yacían sobre los canjilones del callejón. Uno gritaba que le den agüita para calmar la sed que lo devoraba. Otro, volado la mandíbula y cogido las tripas con la mano, agonizaba lentamente. Veía, como si fuera ayer, que en una casa abandonada del ragro Francisco, amontonaban los cadáveres. Esa casa estaba en la Ensillada, arribita del Pijuaro. En ese guango de muertos no había distingos políticos. Todos estaban tiesos y desencajados. Recordaba al general Escandón, con su imponente presencia. Recordaba al capitán Juan José Parménides que, montado en un caballo bayo, medio chapín, con las manos atadas a la espalda y con las botas llenas de sangre, era llevado prisionero. Qué hombre. –si no me matan- pensaba, -cuando sea grande y me case con alguna chiquilla donosa, a mi primer hijo varón, le he de poner, Juan José Parménides.

Un suspiro profundo le rebotó en el cuadril y le correspondió a la paleta, volviéndolo a la realidad.

Qué brutalidad de combate, pensaba. Cuántos años será de eso?. Pero si Tulcán era un pueblito de casas de paja y bahareque. La calle Real, larga y de tierra, con tapiales y ortigas a los lados y una que otra puerta de golpe, que servía de gulumbio a los chiquillos alborotistos. La plaza, donde lo fusilaron al Carapaz, era el juego de pelota. La única casa de teja estaba en la plaza. Dicen que había sido cuartel y dicen que, a la oración, desde un algibe que estaban cavando en un patio interior, salía el diablo en una mula pajarera y alunada..

Qué distinto ahora. Tulcán es un pueblo grandote; con agua; con luz; con ese aparato chiltero que le dicen radio. Con más bulla que en la guerra de los “Arracacheros”.

Otra vez la carioca culeca. Don Juan, haciendo un esfuerzo, se levantó del poyo y, con su bastón de bejuco barbacoano, la siguió a la carioca para que dejara de cacarearle en la oreja.

-Lo que es la política tonta- pensaba Juan.- Resentirme con el Julio Tigre y con el Ubaldino, solo por los partidos… qué bruto..¡

Su pensamiento se esfumó, al escuchar que desde la puerta de la cocina, su mujer, misia Eloísa, le llamaba a tomar el café de chuspa con tortillitas de tiesto.

Un post del Licenciado Delacroix

Jun
13
2005
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Organizaron un campeonato mundial para gente pendeja. Lucio Gutiérrez ni siquiera aprobó los selectivos del Tena, por pendejo.

En una entrevista telefónica con el diario El Comercio cuando le preguntaron si temía ser encarcelado cuando vuelva al Ecuador, el señor pendejo en cuestión dijo: “Los que deberían estar presos son todos los del Gobierno, comenzando por el vicepresidente Alfredo Palacio, por conspiradores, por dar un golpe de Estado, por ser morosos.”

Como siempre, contradiciéndose. Si los conspiradores y golpistas deben estar presos entonces usted debería estar pudriéndose en la cárcel con sobradas razones, don Luciofer. ¿O ya no se acuerda del golpe de estado y conspiración (antes, durante y después del golpe) de los que usted formó parte el 21 de enero del 2000?

Tomaré las sabias palabras de Bender y le diré: “kiss my shiny metal ass” ¡pendejo!

Según la Real Academía Española:

pendejo.
(Del lat. *pectinicŭlus; de pecten, -ĭnis, pubis).
1. m. Pelo que nace en el pubis y en las ingles.
2. m. coloq. Hombre cobarde y pusilánime.
3. m. coloq. Hombre tonto, estúpido.

Cualquiera de las tres primeras acepciones le caen como anillo al dedo, coronel golpista.

Soundtrack: If god will send his angels - U2
Y es tan pendejo que seguro estará pensando en lanzarse de presidencial. Además debe pensar que va a ganar. Maldito títere.