La escuelita de los hermanos, -con prosa llamada: Instituto Hermano Miguel- se ubicaba en el barrio del hospital, aunque en realidad era el barrio del Getapal, por la abundancia de getas, es decir, vertientes y pozos de agua que manaban en la ladera occidental de la escuelita, formando al pie, una ciénaga colmada de hermosos cartuchos, indispensables para la elaboración de coronas, complemento ideal de los velorios.
Entre el patio de la escuela y la ladera del Getapal, había un caminito conocido como el Callejón de las Asas. Este callejón, bordeado de enormes árboles de eucalipto que daban sombra al patio de recreo, servía de urinario para la gente de una buena parte del barrio, pues Tulcán no tenía el servicio de alcantarillado.
Las casitas del callejón de las Asas, no pasaban de tres. Se destacaba una, construida sobre un bordo alto, al costado del caminito. La casita era muy pequeña. Su estructura era de bahareque y el techo, de paja. Tenía una sola puerta y una sola ventana, a la calle. Las paredes eran blanqueadas con cal y la ventana no tenía vidrios, sino unos barrotes de madera.
Esa casita, casi solitaria, era habitada por una mujer joven, a la que los niños le decían la loca; y, por supuesto, le teníamos miedo. A más de eso, las mamacitas recomendaban a sus párvulos, no pasar por la casa de la loca. No sé si realmente era loca, pero la verdad es que cuando los niños lanzaban piedras o terrones a la puerta y a la ventana de la casa, la señora salía armada de un palo o de un perrero, y, con insultos y amenazas, hacía correr a los traviesos escueleros. La loca… la loca, era el grito desesperado que, en desenfrenada carrera, lanzaban los pequeños entrenadores de su puntería.
El hermano Director, con frecuencia llamaba la atención a los niños, en los momentos de la formación, sobre lo mal que hacían al burlarse de la vecina de la escuela.
El zurdo Enríquez, el más viejo del grado, era el más puntero al atacar con ladrillazos a la casa de la loca. El Guerra, el frente de culo, a veces, no más. Fallaba en su puntería; en cambio, el más mal hablado, era el lechero Luis; él, haciendo corneta con sus manos, insultaba a la loca con palabras de grueso calibre, circunstancia que ameritaba el confesarse el primer viernes con el padre Eusebio; porque, según el hermanito, Bonifacio José, el escuchar malas palabras, era pecado; y, a propósito de pecado, no sé como en nuestras almitas de niño, cupían tantos pecados. Todo era pecado: cachicarse el dulce, tirarse un pedo en clase, responder a la mamita, no aprenderse de memoria el catecismo, en fin. Cómo seríamos de traumados por el pecado y por el infierno, que recuerdo algo, que ahora, me causa gracia.
Tenía que confesarme con el padre Eusebio, un franciscano gordo, con gorra de paño, barba abundante y un pequeñito poncho sobre la sotana. Qué miedo cuando ya me tocaba el turno, y qué envidia mirar a los niños quienes, luego de confesarse, se arrodillaban para cumplir su penitencia.
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A ver, hijo. Qué pecados tenéis- El padre Eusebio arrastraba las eses, porque decía ser español.
- Yo, padrecito…. verá. Yo padrecito…..
- Te voy a ayudar, hijo.
- Dios le pague, su reverencia!
- Tenéis, de pronto, deseos de lo mundano?
- No sé, su reverencia, no lo conozco al Lombano!
- Tranquilo, hijo, te quiero decir que si tenéis deseos de la carne.
- Padrecito…. si. y me sentía coloradote.
- Cada cuánto te vienen esos deseos, hijo?
- Todos los días, padrecito!
- Oídme, hijo: eso está muy mal. Si vos continuáis por ese camino, te espera el infierno. Debéis abandonar ese camino. Y yo, más coloradote.
- Prométeme, hijo, que dejaréis ese camino equivocado.
- Si, su reverencia, lo prometo y pido penitencia y absolución.
- Hijo mío, tenéis que rezar un padrenuestro y un avemaría.
Desde ese día, pensando en las palabras del padre Eusebio y, sobre todo en que debía dejar ese camino, ya no iba a la escuela por la carretera, sino por unos potreros que no me permitían pasar frente a la tienda de la señora Herminia, para así no sentir el olor que despedía la paila de fritada. Al fin, ya no tenía deseos de la carne.
Una tarde, recuerdo que ya era época de exámenes finales y el ambiente despedía un olor a vacaciones, vimos que, por el portón del callejón de las Asas, entraba la loca. El patio, como por encanto, quedó solitario: los niños desaparecimos. Únicamente el zurdo Enríquez, por una rendija, miraba y nos informaba que la loca estaba hablando con el señor Oñate.
- Ahora nos jodimos todos- decía el Taramuel.
Poco a poco empezamos a salir porque la loca ya se había ido, después de hablar, con manos y todo, con el profesor. Tocó la campana el Manuel y todos entramos a clase. El señor Oñate, después de recordarnos el respeto que se debe tener a las personas mayores, nos comentó que la loca, no era ninguna loca. Que ella era una mujer que vivía sola y que sufría mucho porque al pasar los niños por su casa, le ofendían con insultos y le dañaban su casita, lanzándole piedras. Ella, lo único que hacía, era defenderse, para conseguir que los pilluelos se fueran.
Nos habló con tanta emoción el profesor, que creo que todos, mentalmente, nos hicimos una promesa: pasar por el callejón sin molestar a la loca. La loca recobró la razón, y su imagen quedó como un recuerdo lejano de la niñez, junto al callejón de las Asas y muy cerca del Getapal.
¿No seríamos acaso los niños, los locos….?
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