Una de las desventajas de vivir “en provincia” es que muchas cosas no se pueden encontrar, o si las hay son más caras que en otros lugares; más caras que en la capital, por ejemplo.
Estaba en Quito y debía aprovechar ese viaje para proveerme de la cantidad necesaria. En Cero Cuatro había; pero el precio era mayor. Tenía referencias de algunos lugares en los que podía encontrar un buen precio y buena calidad. Era temprano en la tarde y me encontraba en La Mariscal; uno de los sectores de la capital en los que se puede encontrar de todo: sexo, drogas y rock n’ roll. Es un sector con bastante movimiento y con mucha concurrencia de turistas.
Uno de los lugares de los que tenía referencia se encontraba en esa zona, así que decidí ubicarlo. Las indicaciones que me habían dado para llegar eran muy precisas y llegué sin mayor problema a dar con el local en cuestión. El negocio era manejado por unos chinos (o koreanos o yo que sé, pero de algún lado de Oriente si eran), pero solo aquellos que llegaban a hacer negocios “en serio” eran atendidos personalmente por ellos; al resto nos atendían solo los empleados.
- Buenas tardes.
- Buenas jefe. Diga.
- ¿Cuánto cuesta el tubo de 100?
- 35 “dólar”.
- Ok, deme dos.
Me pasó dos papeles: uno era algo así como una factura, con algunos códigos escritos; el otro era un pedazo de hoja de cuaderno en donde estaba escrita una dirección.
- Vaya a esta dirección y les presenta el papelito que le doy. Aquí no le puedo entregar, nos andan jodiendo mucho y ya no podemos tener la mercancía aquí. Es aquí a la vuelta nomás, en la 6 de Diciembre.
- ¿Cancelo allá?.
- No, debe cancelar aquí. Allá se retira nomás.
- ¿Seguro?
- Bueno, si no quiere…
- Si, si quiero. Tome, 70.
- Gracias jefe. Vaya tranquilo que allá le entregan. Golpea la puerta nomás.
Me dirigí hacia la dirección indicada en el papel. Era un local que parecía vacío; una letras semidespintadas en la pared eran la única señal de que antes allí había sido un restaurante. Todas las puertas estaban cerradas. Golpeé en la que se encontraba justamente debajo del número indicado en la dirección del trozo de papel. La puerta apenas se abrió un par de centímetros y, mientras solo alcanzaba a ver los ojos de la persona que estaba dentro, escuché que me decían entre dientes: “los códigos por favor”
Le pase la hoja de papel que me habían entregado en el local de los chinos, el “bodeguero” la chequeó rápidamente y cerró la puerta sin decirme nada.
Un par de minutos después la puerta se abrió nuevamente. Esta vez el individuo sacó toda la cabeza por la puerta y la volteó hacia la derecha e izquierda, como para verificar que nadie “sospechoso” esté cerca. Una vez que había comprobado que estaba yo solo, cerró nuevamente la puerta para volverla a abrir casi inmediatamente y ahora si entregarme mi paquete.
Era más pesado de lo que me imaginé, así que tuve que tomar un taxi (no sé porque escribo así si en la vida real nunca digo “tomar un taxi”, lo que uso es: “coger un taxi”). Ya en donde mi hermano empaqué la mercancía muy bien dentro de mi maleta y ya estaba listo para venir de regreso a Cero Cuatro.
Tanto trámite para no más de comprar dos cientos de discos compactos vacíos para revender. Y todo porque los chinos no facturaban el IVA. Por lo menos ahora ya puedo encontrarlos acá, a menor precio, de los que entran por la frontera.
Soundtrack: Move ya body - Nina Sky (demasiado monótona está la radio del Musicmatch)
Otra vez me siento liviano. Ya le dije “no va más” a la acosadora. Nunca una mujer había llorado por mí y en frente mío; fue algo….. curioso.
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